—¡Hijos míos, abrazadme!—decía Benito, que salió á su encuentro; y en efecto, todos le abrazaban, le vitoreaban y le llevaban casi en volandas.
—Vamos, á lo menos todos son hoy felices—decía por lo bajo Puig, mirando esta escena desde su despacho.
—¡Viva nuestro principal! ¡Viva!—gritaba desaforadamente Rispall.
—¡Viva!—repetían en coro los obreros.
—¡Á los talleres!, ¡á los talleres!
Y en efecto, estrujado por unos, empujado por otros, vitoreado y aplaudido por todos, el buen Benito se dirigió adonde le llevaban: á los talleres.
Doña Bernarda, aunque nadie se acordaba de ella, se colocó al frente de las operarias; Ramiro presidió á todos los escribientes, y Lucía, la última de todas, entró en el despacho de Puig y le tendió la mano. Puig se levantó, la atrajo hacia sí con lágrimas en los ojos y estampó en su frente un beso. La niña echó á correr para reunirse con los manifestantes. Puig volvió á sentarse con sublime indiferencia; se vió solo, completamente solo, y con sonrisa más benévola que amarga, únicamente pronunció estas palabras:
«¡Lo que hace el dinero!»