CAPÍTULO VIII
ANÁLISIS
Acariciar una idea durante muchos años, por absurda, por disparatada que sea; comer, vivir y dormir con ella; soñar con ella, despierto y dormido, formando esos mil castillos en el aire que á sabiendas han de desvanecerse como el humo todos los días, para volver á edificarse al siguiente con más disparatada arquitectura y más imposible realización, labores de todos los humanos y á ella están más ó menos sujetos todos los seres que pueblan el planeta terrestre.
Luchar para conseguir la realización de esa idea y verla irse poco á poco desarrollando, tomando cuerpo, y á fuerza de perseverancia, insistencia y concentración de todas las energías, poder entrar con ella en el país de las realidades á los diez, veinte, treinta años de combate, y cuando apenas queda vida para disfrutarla, propio es de los hombres de fuerza de voluntad y que no están completamente reñidos con la fortuna.
Pero contentarse con el deseo platónico de una idea única y persistente, avasalladora por lo irrealizable, pero soñolientamente expresada; viviendo sólo en el fuero interno de la conciencia, como aspiración imposible, y encontrarse de súbito con su realidad inverosímil; ver convertida de repente la ilusión en hecho tangible, sin haber hecho nada para su realización, sin fe en su conquista, sin esperanza en su adquisición, cosa es que ven poquísimos seres en el mundo, y que sólo la mitad de los que lo consiguen pueden soportarlo.
Estando aceptada la idea de que el mundo es un valle de lágrimas por la generalidad de los humanos, sufren éstos mejor la súbita desgracia que la impensada fortuna, y por inmerecida que sea la primera y por injustísima que sea la segunda, hay más espíritus rebeldes á la alegría del triunfo que á la pena del vencimiento.
Si pudiera existir una oficina de estadística moral, aplicada al censo de población, con estudios comparativos y tablas de mortalidad, de seguro veríamos muchas más defunciones causadas por fortunas inesperadas que suicidios por ruinas imprevistas, dada siempre la mayor cantidad de desdichas que de faustos acontecimientos en este infeliz globo sublunar.
Por eso la primera impresión producida en el cerebro de Benito Bonet por la increíble herencia que se le venía á las manos por modo absurdo y antilegal, fué un aturdimiento parecido á la embriaguez; dábase cuenta del hecho, pero se le escapaban los detalles; sentía un exceso de enternecimiento que se le desbordaba por el alma y llenaba de lágrimas sus párpados, al mismo tiempo que una carcajada nerviosa é involuntaria abría su boca y coloreaba sus labios, de los que parecía que iba á saltar la sangre á borbotones. Sus ojos se abrían desmesuradamente, sus piernas flaqueaban, y su paso incierto é inseguro amenazaba echar por tierra toda aquella máquina humana que había perdido su equilibrio y parecía estar completamente fuera de su centro de gravedad.
Á este período sucedió un aplanamiento parecido á la indiferencia. El estupor se pintaba en su semblante y tenía que hacer un esfuerzo de voluntad y de memoria para conocer á los que le hablaban; los ruidos del exterior no llegaban con claridad á sus oídos y por grandes que fueran no lograban fijar su atención un solo momento. Diríase que su cerebro se había quedado hueco, y es probable que un golpe, una herida ó un dolor material no hubieran sido sentidos por aquel organismo desequilibrado.