Así pasaron los primeros días que sucedieron al acontecimiento. Por fin llegó poco á poco la calma, y con ella la tranquilidad en todos los que rodeaban á Benito. Ni uno solo dejó de temer que aquella brusca sacudida que había empezado por aturdirle, concluyera por quitarle la razón, desmintiendo la errónea creencia de que los tontos no pueden volverse locos. De tonto á imbécil hay menos distancia que de discreto á loco, y más si se tiene en cuenta que, según la opinión del gran satírico, la única diferencia que existe entre los tontos y los sabios es que los tontos dicen las tonterías y los sabios las hacen.

Nuestro buen Benito llevaba gran ventaja á los demás sabios y tontos de la tierra: él las decía y las hacía; las había dicho, las había hecho y seguiría diciéndolas y haciéndolas, feliz ó desdichado, joven ó viejo, pobre ó rico.

Por fortuna para todos, el hombre había sido hasta entonces inofensivo, y no parecía natural que un puñado de oro le convirtiera en animal dañino. No así la soberbia y desabrida doña Bernarda. Eran tantas, según ella, las ofensas que tenía que castigar y las injusticias de que vengarse, que no la herencia de Bernaregui, sino todos los millones del Banco de España aún le parecían pocos para dar á su persona todo su verdadero valor y su augusta supremacía.

Aquel hombre, aquel Puig aborrecible, era ya á sus ojos el pigmeo más despreciable de la creación. ¡Qué dicha verle desde el despacho de su hermano como su primer dependiente, sin voluntad propia, sin voz de mando, convertido en un amanuense, en un servidor, en un cualquiera! ¡Y puede que aquel hombre se atreviera entonces á elogiar otra vez su frescura, su sonrisa, su cutis! ¡Ya sabría ella contestarle y ponerle á raya, y hasta quién sabe si concederle su mano en un arranque de generosa clemencia y de misericordia cristiana!

¡Qué de planes, qué de proyectos, qué de propósitos en aquellos cerebros durante los primeros días! Y presidiendo la terrible tempestad de aquel mar embravecido, con la calma del Dios de las olas, don Juan Puig, tan silencioso como siempre y algo más expansivo que de costumbre, yendo y viniendo como si nada hubiese sucedido, exacto en el trabajo, tranquilo en su indiferencia, idéntico en sus costumbres: decididamente era un oficinista de cartón piedra, un catalán de mármol.

Dos ó tres veces indicó á Benito la conveniencia de empezar á arreglar los asuntos de la casa bajo el nuevo régimen: pero Benito había sentido germinar dentro de su alma un desabrimiento incipiente, calificado de mal humor por cuantos le observaban, y respondió á Juan que sobraba tiempo para examinar cuentas y arreglar papeles. Que él necesitaba distraerse algo, pasear al aire libre, darse verdadera cuenta de su nuevo estado, tomar posesión en detalle, y no grosso modo, de su fortuna, y adquirir el convencimiento de que Juan no trataba de disputársela entonces ni nunca, á pesar de los derechos legales que pudiera tener á ella. Esto era lo primero, lo más grave, lo que debía tener una solución indiscutible: pues respecto á lo demás, á la marcha de la casa y á los planes que él abrigaba sobre la fábrica, tiempo sobraría para llevarlos á cabo, por grandes que fueran.

Juan respondía que todo lo juzgaba acertadísimo; pero que siendo aquel asunto, como había dicho desde el principio, una cuestión de conciencia y no de derecho, á la conciencia debían ambos atenerse. Que vinieran las cuentas primero, y los planes después; que recibiera Benito la fortuna de Bernaregui, como vulgarmente se dice, á beneficio de inventario, y que ya se vería después el modo y forma de dar sanción legal á aquella modificación de derecho.

De modo que ya surgía á los comienzos una diversidad de criterio y una divergencia en el punto de vista, de donde habían de partir las resoluciones sucesivas. Conocedora doña Bernarda de esta disparidad de opiniones, pues se permitía con frecuencia asistir al escritorio, y más aún al despacho de su hermano, dijo claramente á Puig que él era quien debía allanar todos los obstáculos que se opusieran á la inmediata reversión de aquel capital á su legítimo dueño; que cuanto antes se arreglara todo, mejor, y que la ira de Dios castigaba siempre como un crimen la morosidad en el cumplimiento del más pequeño de los deberes.

Puig insistió en afirmar que lo primero eran las cuentas, los balances y el examen de papeles y títulos; que desde luego dispusiera Bonet de cuanto dinero había en caja; que gastara y derrochara á su gusto, si tan malo le tenía, rentas y capitales; y que luego, cuando ambos supieran fijamente, después de aprobar y firmar una liquidación general, el estado de la casa y la cuantía de la fortuna, acudirían de común acuerdo á Ortiz de Llauder, para que éste llevara á cabo con todas las formalidades exigidas por la ley la donación ó cesión ó reversión, ó como quiera que se llamase en el código civil el acto por el cual Bonet sería rico de derecho, como de hecho lo era desde aquel mismo momento.

Oponerse abiertamente á esta opinión, defendida con insistencia por Puig, era, según doña Bernarda, lo más lógico y conveniente; pero no contando con la enérgica aquiescencia de su hermano y no habiendo aún transcurrido más que seis días desde la escena del notario, era proclamar la guerra civil en el escritorio y llevarla quizá á todos los ámbitos de la fábrica: era romper lanzas, y publicar sospechas y recelos, y dar quizás proporciones de desunión absoluta á lo que tal vez no era más que diferencia de procedimientos. Doña Bernarda se contentó, sin contentarse, con alzar los hombros, dar un portazo á la mampara del despacho y refugiarse en su tocador, descontenta de todos, y más aún de sí misma, por no haber podido dar expansión á todos los rencores que durante tantos años se habían amontonado en su alma.