Benito se lanzó á la calle, que era donde estaba verdaderamente á gusto, sin nadie que le molestara, sin nada que le distrajera de sus preocupaciones, y desarrolló en la soledad de su espíritu una serie de proyectos que como otras tantas sombras chinescas pasaban y repasaban por su imaginación atareada. Jamás había pensado tanto.

Los que verdaderamente sacaban la tripa de mal año, según la frase gráfica de Rispall, eran los novios. Mientras los graves problemas que preocupaban á los señores mayores los hacían olvidarse de las pequeñeces de la vida, Lucía y Ramirito se veían y se hablaban á todas horas. Sus relaciones amorosas, oficiales, por decirlo así, desde el principio, no habían tenido las expansiones íntimas necesarias para consolidarse, y ahora, que por afortunado decreto de la suerte parecía más inmediata y más fácil su solución, se entregaban, aprovechando descuidos ajenos, al inocente placer de conocerse y agradarse en toda ocasión y á todo momento.

Era tan hermosa Lucía y adornaban su alma tan buenas cualidades, que al amor no le costó ningún trabajo desarrollar en ella la bondad y la belleza, hasta el punto de que cada día que pasaba, estaba la muchacha más hechicera. Ramirito, que comenzó sus amoríos por distracción y los continuó después por cálculo, iba interesándose de veras en aquel juego inocente; y justo es decir que á los nobles pensamientos y á las honradas y dignas ideas de Lucía iba debiendo el joven la modificación de su carácter indolente y la elevación de sus ideas vulgares. ¡Milagros del amor, que los ha hecho siempre mucho mayores, destruyendo preocupaciones, igualando condiciones desemejantes, y burlándose de leyes, tradiciones, usos y costumbres!

Ya hemos dicho que Lucía siempre había tenido para Puig un cariño verdadero y respetuoso, no sólo porque su corazón agradecido conocía lo que toda su familia debía á aquel generoso amigo, sino porque veía que en todas las cuestiones más ó menos graves que surgían en la casa, Puig defendía siempre lo razonable y lo justo y sus tíos lo absurdo y lo ilógico. Pero desde que un acontecimiento, aún no bien comprendido por ella, le había relegado á posición más humilde y parecía como que todos en la fábrica y en el escritorio celebraban con sonrisas insidiosas y hasta indirectas malévolas aquel juego de la fortuna, se había despertado en ella con mayor fuerza el afecto anterior, y ni un solo día dejaba de buscarle para pedirle el abrazo de todas las mañanas y la despedida de todas las tardes. Y como si al perder Puig el derecho á mandar en todos, hubiera perdido Lucía la timidez respetuosa con que en medio de su cariño le trataba, debida quizá, más que á su propio deseo, á la ceremoniosa y fría conducta que veía observar á sus tíos con su amigo, ahora le escuchaba con más confianza y le hablaba con más franqueza, produciendo en el ánimo del bonísimo D. Juan una expansión cariñosa casi desconocida en él durante su reinado.

Aquel hombre, avaro nunca satisfecho del cariño ajeno, para cuya conquista había empleado todos los recursos de su corazón y las delicadezas de su alma, sin conseguir más que la frialdad de las conveniencias sociales y el ceremonioso respeto de una obediencia casi siempre manifestada en son de protesta, parecía rejuvenecerse con el cariño de Lucía, y ella era la única que tenía el privilegio de hacerle sonreir con sus infantiles caprichos y entusiasmarle con sus atinadas observaciones.

En cuanto á los indiferentes, á los que, considerándole como amo, ayer le obedecían murmurando, y hoy que le adivinaban dependiente empezaban á mirarle menos que igual suyo, Puig no tenía ni una palabra ni una mirada. Diríase que, existiendo para una más alta misión, reconcentraba en ella todas sus facultades y apenas se daba cuenta de que existía para él el resto de los humanos.


CAPÍTULO IX