LAS CUENTAS DEL GRAN CAPITÁN
Ya había transcurrido un mes desde el día en que Ortiz de Llauder llevó á la casa de Bernaregui la perturbación y el trastorno. Bernarda había ya apurado todas las pueriles satisfacciones del amor propio, regalando á algunas obreras ancianas todos sus delantales listados, con grandes bolsillos; poniéndose á diario un caprichoso prendido de terciopelo negro y encajes, con algún pensamiento que otro, y adornando su cuarto tocador con varios detestables y presuntuosos cromos místicos, calumnias artísticas de Murillo y de Velázquez.
Ya Benito había paseado á pie por todo Barcelona y sus alrededores una vez, ciento, mil, silencioso siempre, preocupado á menudo y casi nunca acompañado.
De tanto paseo higiénico y de tantas horas de ensimismamiento sólo había logrado adquirir una seriedad algo presuntuosa y una dureza en la mirada desconocida hasta para sus propios ojos.
La vida continuaba siendo idéntica entre todos á la que durante tres años se había observado en la casa.
Puig continuaba en sus dos modestas habitaciones; Benito y Bernarda seguían con su hija en las del piso segundo, y la única, la verdadera diferencia para propios y extraños existía en la mesa de comedor. Puig se había obstinado, al día siguiente de la visita del notario, en ceder el puesto de honor, el que él había disfrutado siempre, á su amigo Benito, y éste, no haciéndose mucho de rogar, ocupó el sillón de más elevado respaldo y se dejó servir el primero de todos los platos. Después se servía á doña Bernarda, luego á Puig y últimamente á Lucía. El desayuno lo tomaba cada cual á su gusto en su dormitorio ó en el mismo comedor, pero sin orden de prelación ni categorías.
Las dos horas solemnes, la de la comida á la una de la tarde y la de la cena á las ocho de la noche, reunían á los cuatro, excepto los domingos, que se había permitido Bernarda convidar á Ramirito, y en los que ya eran cinco para repartirse las conversaciones generales y las ojeadas particulares.
Por fin, en ese mes transcurrido, se habían puesto de acuerdo Puig y Bonet, ó mejor dicho, había impuesto á Bonet Puig su opinión en el orden de arreglar el grave asunto de la herencia, y retardándolo un día y otro, por consejo sin duda de Bernarda, se llegó por fin al día en que encontramos á los dos amigos, sentado uno enfrente de otro, en el despacho pequeño, que debía ser desde aquel mismo día de la exclusiva propiedad señorial de Benito.
Á las ocho de la mañana habían empezado á examinar libros y papeles, y eran más de las once cuando Benito, echándose atrás en el respaldo de su silla, arqueando las cejas y mirando fijamente á Puig, le dijo:
—Pero, en resumidas cuentas, amigo mío, ¿se puede ya calcular lo que tengo?