Esta era la primera vez que usaba Benito la primera persona del singular del presente de indicativo del verbo tener, tratándose de la casa, y hasta á sí mismo debió parecerle extraño el oirlo, cuando tuvo en la punta de la lengua la rectificación de la palabrilla; pero haciendo un esfuerzo sobre sí mismo, que sólo se advirtió en el encendido color de sus pálidas mejillas, dejó la frase tal cual la había pronunciado, sin enmienda ni rectificación.

Puig, que no dió importancia á la pregunta ó que quizá no oyó los términos en que estaba hecha, le contestó tranquilamente:

—La fábrica vale poco en estos tiempos.

—¡Poco! ¿Qué quieres decir?

—Para que pudiera adquirir más valor verdadero, sería preciso montarla mucho más á la moderna. Ya ves, puede decirse que desde el año 75 no se ha hecho nada en ella de importancia. Los motores son viejos; los telares son antiguos, y aunque varias veces he pensado en adquirir para la fábrica todos los progresos de la industria, he temido que esos grandes gastos, reproductivos desde luego por el aumento y perfección de la fabricación, nos harían dejar sin trabajo á un gran número de obreros y operarios.

Como se ve, Puig empleaba el plural hasta hablando de los tiempos en que él era el dueño exclusivo de la casa. Benito no se dió por entendido y se contentó con pronunciar un «¡Ya!...» que lo mismo podía ser prueba de aquiescencia que de distracción.

—Y ahí tienes—prosiguió Puig—el motivo de por qué la fábrica vale hoy mucho menos de lo que podía valer. Porque los pobres ganaran más, yo preferí ganar mucho menos: ellos lo necesitaban más que yo.

—Gran cosa es la filantropía y la generosidad. Líbreme Dios de quitar el mérito á tu acción y á tus principios cristianos, que todos debemos elogiar; pero lo que es guiándose por ellos exclusivamente, no me parece que se pueda hacer dar al dinero la renta debida.

—¡Ah, eso es claro!

—Vamos, adelante, ¿qué más hay?