—La casa del Ensanche... Bien la conoces.

—Ya lo creo que la conozco. Cuatro años nos estuvo mareando Bernaregui con semejante proyecto, y no descansó hasta que le vió realizado. Allí nos llevaba todos los días á la fuerza de paseo, para que presenciáramos la construcción. ¡Vaya un capricho extravagante para un hombre sin familia! Y me acuerdo perfectamente que le costó más de doscientas mil pesetas. ¡Cuarenta mil duros largos, gastados en hacer un caserón destartalado en un arrabal!

—¡Y no es eso lo peor! Lo peor es que ese capital es también inútil como renta; mejor dicho, cuesta encima la contribución y los reparos.

—¡Pues es una ganga la finquita!

—Recuerda, puesto que lo sabes como yo, que en esa casa viven gratis, en habitaciones modestas, pero higiénicas y espaciosas, todos los trabajadores ú obreros de la fábrica que por viejos ó enfermos están inutilizados para el trabajo. Hay en alguno de ellos viudas con cuatro ó cinco hijos; octogenarios con nietecillos; jóvenes inválidos, que han perdido alguno de sus miembros en los talleres ó en las máquinas: esa casa, en fin, es un refugio seguro para todos los que han gastado sus fuerzas ó sus años en favor de Bernaregui; y ya que no era posible que atendiese á la manutención de todos cuantos le habían servido, quiso darles techo y abrigo hasta que terminaran su vida, bendiciéndole ó debiendo bendecirle.

—Lo que es si confiaba en sus bendiciones de gratitud para salvarse, algunos siglos debe estar todavía en el purgatorio. Pero en fin, esa no es cuenta nuestra, sino exclusivamente suya: nosotros volvamos al asunto. Muy justo es y muy natural que el Gobierno tenga hospitales para los enfermos y asilos para los menesterosos: el Estado es rico y puede hacerlo hasta por propio decoro; pero es ridículo que quiera hacer lo mismo un humilde comerciante. Si á su pequeño capital le cercena cuarenta mil duros para emplearlos en alardes filantrópicos y humanitarios, ¡bonito negocio ha hecho!

—Por eso no conceptuó Bernaregui nunca la construcción de esa finca como negocio, sino como obra de misericordia. Así la acepté yo al hacerme cargo de su herencia, y al mismo empleo la he destinado desde que la inscribí á mi nombre en el Registro de la Propiedad. No consta su deseo en ninguna escritura pública y yo pude darla el destino que me pareciera conveniente, seguro de que nadie había de exigirme cuentas de mi determinación. Pero yo soy esclavo de mi conciencia, y sin faltar á ella no podía ni debía contar con el valor de esa finca para nada. Es por lo tanto, mientras yo he dispuesto de ella, un capital muerto, y en la misma forma te la entrego. Ahora tú eres muy dueño de considerarla como un producto ó como una carga. Yo no he hecho más que conceptuarla, como él la consideró, como una obra de caridad.

—Algo cara, lo mismo para él que para ti.

—Si era cara para él, no puedo decírtelo; aunque supongo que no sería mucho, puesto que él la instituyó y la llevó á cabo. Para mí no lo fué en ninguna manera. Yo con poco tengo bastante, y su fortuna, aunque hubiera sido mucho más pequeña, era para mí una riqueza colosal. Y si no, amigo mío, hablemos de ella en el terreno práctico. Si esa fortuna me daba á mí todo cuanto necesitaba en mis modestas aspiraciones: si me permitía darte á ti y á tu familia con que vivir holgadamente; si mantenía con ella á más de ochocientos obreros, y si con ella le proporcionaba á la industria capital suficiente para sostener el crédito de la casa, ¿qué me importaba á mí que produjera algo menos ese capital heredado inesperadamente y que, aunque mío, yo consideraba siempre como ajeno, en lo que no me equivocaba, puesto que ajeno ha venido á ser al cabo de pocos años? ¿No te parece lo mismo, amigo Benito? ¿No estás conforme con mis ideas?

—¡Sí, sí, naturalmente! Pero en fin, sigamos las cuentas. Sepa yo al fin á qué atenerme, porque á este paso... ¿Qué más hay?