—Tú sabes, tan perfectamente como yo, cuáles son los rendimientos de la casa, cuáles son sus créditos, cuáles sus beneficios. Si en tiempo de Bernaregui podías ignorar todo eso, porque sólo te ocupabas en dirigir y vigilar la fábrica y sus dependencias, mientras yo estaba empleado exclusivamente en los trabajos de la caja y el escritorio; en mi tiempo tú pasaste á ocupar mi puesto y no te es posible ignorar nada de lo que á la casa se refiere.

—Pero yo me figuraba que había aquí más dinero de que disponer. Podías tú tener algunos negocios particulares, emprendidos por ti solo..., quizá algunos productos secretos..., algunas empresas especiales...

—¿Dónde has visto semejante extravagancia en el comercio? Todo lo que ingresa aquí y todo lo que aquí se gasta, tiene su asiento natural en los libros, como lo ha tenido siempre.

—¡Todo eso es muy claro!

—¿No eres tú el cajero de la casa?

—Sí que lo soy.

—Pues tú mejor que yo mismo sabes que la casa de comercio de Bernaregui, que esa es la razón social de la fábrica y de cuantos negocios abarca, como yo pensaba que fuese mientras viviera, da por término medio al año doce ó trece mil duros de ganancia. Esa es, pues, la renta con que puedes contar mientras sigas en los negocios.

—¡Pues es una miseria!

—No digo que no lo sea, pero yo he tenido muy bastante.

—Lo sería si esos trece mil duros fueran verdadero sobrante, y por lo tanto nuevo ingreso para aumentar el capital el año próximo. Pero si con esos trece mil duros hay que atender á obligaciones imprescindibles, ni eso es ganancia, ni siquiera renta.