—Tu modo de raciocinar es nuevo en el comercio. Supongamos que mañana quieres realizar todo lo que posees: vendes la fábrica, la casa del Ensanche, los censos de Olot, los dos solares de la Barceloneta, y una de dos, ó esperas á realizar todo eso vendiéndolo bien y cuando haya ocasión oportuna, en cuyo caso podrás reunir millón y medio de pesetas, más los créditos que puedas cobrar, ó lo malvendes para hacer dinero pronto y sólo puedes realizar como máximum un millón de pesetas en junto. En cualquiera de los dos casos, ¿cuál será la renta de ese capital? Diez y ocho ó doce mil duros. Con ellos tendrás entonces que atender á todas tus necesidades, y por muchas que sean, no teniendo más que á tu hija y á tu hermana, podrás considerarte como un hombre rico.
—¡Ya ves! Si de esos doce mil duros de renta he de atender á mi familia y á ti, que al cabo esa es la recomendación de Bernaregui y mi deseo, y no he de dejar sin casa á los que la disfrutan vitalicia por inválidos ó jubilados, digámoslo así, en la fábrica, y he de dotar á mi hija cuando se case, etc., etc., seré tan pobre casi como lo soy ahora, de modo que lo más acertado no es vender, ni malvender, sino ordenar lo que existe y hacer que el capital existente produzca más de lo que produce.
—¡Eso es indudable! Yo creo que puede producir más.
—Mucho más, casi el doble.
—Demasiado me parece; pero, en fin, si esa es tu creencia, no debes vacilar un momento. Y si crees que, sin meterte en negocios aventurados ni en préstamos usurarios, el capital que tienes te puede producir doble renta, haz que la produzca, y Dios te ayude.
—Pero, para lograr tales ingresos, hay que hacer en la casa grandes reformas, que bien las necesita.
—Pues hazlas. ¿No eres tú el dueño?
—Ya lo creo que las haré, y mucho más pronto y más radicales de lo que á muchos les puede convenir.
—No comprendo bien á quién puedes referirte, puesto que aquí nadie hay que se atreva á desobedecerte y ni siquiera á saber tus planes hasta que tú los lleves con más ó menos acierto á cabo.
Benito, ó no comprendió lo que Puig quería decir, y eso que la indirecta no podía ser más clara, ó se hizo el desentendido para no contestarle. Se levantó de su silla, y colocándose de espaldas á la mesa de escritorio y encarándose con su amigo, le dijo frunciendo el entrecejo: