Había en la fisonomía del nuevo principal, en su ademán, en su apostura, un énfasis risible, que hubiera producido la hilaridad más franca en todos los que le hubiesen conocido empleadillo de tres al cuarto, pero que en Puig no produjo ni la impresión más pequeña.

—Me parece que te tomas demasiado trabajo y excesivos circunloquios para manifestarme tus ideas y darme cuenta de tus proyectos. Sé franco por entero, ahórrate digresiones y díctame tus órdenes, si eso es lo que deseas. Dices que quieres que nos ocupemos de mí, puesto que soy el segundo en la casa: dispuesto estoy á escucharte; no vaciles en decirme cuanto se te ocurra.

—Yo he sido en tu casa empleado durante tres años, ó lo que es lo mismo, desde que Bernaregui te hizo dueño de su fortuna.

—Me parece que equivocas las fechas. Tú eres empleado en la casa hace veinticuatro años, los mismos que yo. Nuestras hojas de servicio, si se acostumbrara á llevarlas en las oficinas particulares, son idénticas. Adelante.

—Quiero decir que yo he sido tu cajero, tu primer dependiente, tu más alto empleado, como quieras llamarlo. Pues bien: si yo he servido en tu casa, tú debes servir en la mía.

—Si esa es tu opinión, nada tengo que objetar á ella.

—Yo te dí el ejemplo. Seguí en mi puesto; acepté que me aumentaras en tres mil pesetas anuales mi sueldo; me vine á vivir contigo con mi hermana y con mi hija...

—Bueno, ¿y adónde vas á parar?

—Á que tú debes seguir viviendo con nosotros.

—La idea no me parece muy nueva. ¿Acaso tengo yo otra casa?