—No la tienes; pues por eso precisamente quiero yo que vivas siempre en la mía. Que seas mi cajero como yo lo he sido tuyo, pero que prestándote á las reformas que son indispensables, te contentes con un sueldo más modesto que el que yo he tenido hasta hoy. Ya ves..., yo era padre de familia..., necesitaba naturalmente más; tú en cambio eres solo..., no tienes que mantener ni vestir á nadie... ¡Dichoso tú que con menos tienes bastante!

—No hablemos de semejante cosa. Haz lo que quieras: dame el sueldo que se te antoje, y si es que mi personalidad puede serte molesta y mi empleo gravoso ó inútil en tus nuevos planes, me lo dices, y en paz y jugando, y tan amigos como antes y como siempre.

—¡Hombre, yo no te he dicho semejante cosa!

—No me lo has dicho, pero pudieras querer decírmelo. Piensa bien y de una vez lo que te conviene. Las reformas, y mucho más las que tienen carácter de radicales, deben hacerse al principio: después es muy difícil y muy expuesto llevarlas á cabo. ¿No te parece lo mismo que á mí?

—Sí que me lo parece. Pero respecto á ti no tengo más reforma que indicarte que la del sueldo. Te daré tres mil pesetas, con las cuales supongo que tendrás bastante para tus necesidades..., ¿eh? Seguirás viviendo en tus dos habitaciones; comerás con nosotros, ¿no es verdad?, y dicho se está que siempre que quieras puedes usar de mi despacho como si fuera tuyo.

—¿También eso?—dijo sonriendo Puig, con la fisonomía más candorosa del mundo.—Pues dígote que nadie sabrá distinguir á primera vista al principal del dependiente. Nada, nada: el orden es lo primero y la necesaria separación de todas las categorías. Yo desde hoy me vuelvo á mi mesa en el escritorio grande, y tú te quedas en tu despacho. Cada cual en su puesto. De sueldo nada hay que hablar entre nosotros. Yo acepto el que me señales, y si algún día, más ó menos lejano, no te fuera posible ó te conviniera poco satisfacérmele, con no hacerlo estamos en paz. Á mí, como dices muy bien, todo me sobra por ser solo en el mundo.

—¿De manera, y precisemos esta cuestión de las cuentas para no volver á ocuparnos más de semejante cosa, que yo, por hoy, puedo calcular que poseo unos doce mil duros de renta, con los que tengo que atender á todas las necesidades de mi familia y á todas las obligaciones de mi casa? Te confieso que creía ser mucho más rico.

—Yo te he oído siempre decir, y esa es generalmente la aspiración de todos los pobres, ¡si yo fuera rico!, y rico eres. Nunca he supuesto que quisieras poder llamarte inmensamente rico ni archimillonario, ni entrar en lucha con los Rothschild y los Bahuer y los Mudelas, y manejar trescientos y quinientos y ochocientos millones de pesetas, como los manejan en el papel los ministros de Hacienda, para perpetua desventura de todos los españoles. Para realizar esos sueños, si los has tenido ó los tienes, me parece que te faltará tiempo, aunque te sobrara capacidad. Eres ya muy viejo para lanzarte á nuevas y arriesgadas especulaciones. La fábrica nació modestamente con Bernaregui y modesta debe vivir y morir en tus manos. Allá tus herederos la liquiden, la permuten ó la destruyan. Tú vive con lo que produce; reforma, administra, innova, si tienes inteligencia para concebir y energía para llevar á cabo lo que concibas; tente por rico, puesto que lo eres con relación á lo que antes tenías y á lo que tenemos todos los que te rodeamos. Yo, como te he dicho y te repito, ultimaré todas esas cuentas, y juntos iremos á que Ortiz de Llauder nos entere de lo que hay que hacer. Y quédate con Dios en tu despacho y déjame ir á ocupar mi puesto definitivo en el escritorio grande para lo que quieras ó tengas que mandarme.

Y sin esperar á que Benito volviera á detenerle con sus discursos ó sus reflexiones, salió Puig del despacho, y con el aire más tranquilo y la fisonomía más placentera se sentó en el sillón de baqueta, no antiguo, sino viejo, que descollaba entre los taburetes destinados á los escribientes.

Benito Bonet quedó solo en su alcázar, en su catedral, en su sanedrín, en su basílica, en su areópago, en su tribunal; que todo esto y mucho más era para él aquel despachito con un estante de libros viejos y una mampara de gutapercha roja con clavos dorados, que separaba el templo de la sacristía. Leía y releía la nota que Puig le había entregado, en la que figuraban, formando alineadas columnas de guarismos claros, todas las cantidades que constituían el capital de su casa.