¡Su casa! Era verdad. ¡Su casa, su fábrica, su capital, su renta, su dinero, sus planes, su voluntad, sus energías! Todo eso se lo había dicho Puig y se lo decía él á sí mismo.

Pero, en resumidas cuentas, ya que de cuentas se hablaba, ¿cuánto tenía? ¿Hasta qué punto era rico? That is the question!

Ni Benito sabía inglés, ni se hacía esa reflexión en la misma forma en que el maestro Shakespeare ampliaba su célebre To be or not to be; pero en catalán cerrado ó en castellano abierto, eso es lo que él quería saber y se afanaba por averiguar entre aquel fárrago de notas y de guarismos.

Puig tenía razón: doce ó trece mil duros de renta y nada más. ¿Y con ellos tenía que satisfacer los arranques autocrático-rentísticos de Bernarda, y las esperanzas de una cuantiosa dote prometida por él mil veces á su hija en los tiempos en que no hubiera podido darle ninguna, y un sueldo mayor á su yerno en ciernes, y más jornal á los obreros, y más descanso á los trabajadores?

Encontrábase el bueno de Benito Bonet en el mismo caso en que se encuentran los jefes de los partidos políticos cuando, después de predicar durante unos cuantos años en la oposición reformas, economías y felicidad general, se ven de buenas á primeras dueños del poder que ambicionaban y sin saber cómo llevar á cabo todo lo que prometían y destruir todo lo que censuraban.

Y si son exigentes propios y extraños, y reclaman el cumplimiento de promesas políticas y administrativas los correligionarios y los amigos políticos, que al fin y al cabo saben que su patrono y su jefe no es más que un administrador de la fortuna pública y un distribuidor de los fondos del Estado, ¿qué no han de ser los que saben que se trata, no de un administrador, sino de un dueño, y que ellos son los llamados por derecho propio á gozar personalmente de aquella fortuna?

Ante esos pavorosos problemas temblaba Benito como la hoja en el árbol, y manoseaba y arrugaba el pliego de las cuentas, maldiciendo de la aritmética y de la partida doble y renegando de las ciencias exactas, que no le permitían echar cuentas á su gusto sin sujetarse á sus infalibles reglas.

De repente y como si una fuerza motriz interior le impulsara á tomar nuevas actitudes y á dar á su semblante nueva expresión, se irguió altanero, dibujó en sus labios una sonrisa, arrugó su frente, y colocando sus manos cruzadas á la espalda y dejándolas caer sobre su cintura, comenzó á pasear primero por su despacho, después por el escritorio, luego por los corredores, y de patio en patio y de taller en taller recorrió impávido todas las dependencias de la fábrica, mientras empleados, obreros, y hasta los chiquillos, le contemplaban sorprendidos de su fisonomía de estuco y de su glacial indiferencia.

Y es que en aquel mismo instante se estaba llevando á cabo en su cerebro un trabajo de elaboración complicada á que no estaba acostumbrado, y que había de convertir al insignificante Benito en ser consciente, en personaje propio, en individuo de marcada personalidad.

El que hasta aquel día había pertenecido al rebaño de los corderos de Panurgo, y en mejor ó peor fortuna no había salido del trazado surco donde la casualidad le colocaba, labrando con el sudor monótono de su ancha frente, limpia de arrugas, el pedazo de tierra confiado á su trabajo, ya iba á ser desde aquel momento suelto eslabón de la cadena; res aislada, quizá destinada al matadero, pero no en piara; perro tal vez atacado de hidrofobia, pero sin traílla, sin trabas, sin esclavitud. De aquel trabajo cerebral hubiera podido salir un grande hombre, existiendo el germen, pero por lo menos saldría un hombre; no podría salir un gran carácter, pero lo que es un carácter saldría de seguro.