Y por eso sin duda, instintivamente y como si los grandes misterios de la naturaleza llevaran en sí propios el resplandor de sus maravillas, cuantos se habían encontrado aquel día al antiguo pobre Benito en su camino habían observado en todo su ser un no sé qué, una expresión distinta, un nuevo prospecto de aquel libro hasta entonces conocidísimo, pero miserablemente encuadernado en rústica, y tan huérfano de primores literarios como de bellezas tipográficas.
¿Sabía el mismo Benito cómo se transformaba su espíritu en aquel momento? Es dudoso; pero lo que él sentía, creía hacérselo comprender á los demás; lo que él decidía, tenía la seguridad de que había de ser obedecido por todos; lo que él quería..., ¡oh! lo que él quería, quizá no lo precisara él mismo, pero es seguro que lo que quisiera de veras desde aquel momento... aquello sería.
CAPÍTULO X
DONDE EL REY ABSOLUTO SE QUITA LA MÁSCARA
Y se acabaron las buenas digestiones y el sueño reparador y tranquilo. Á la preocupación del espíritu siguió la demacración del cuerpo, y un tinte terroso y amarillento se derramó por aquellas mejillas y por aquellos ojos, fríos é insignificantes hasta entonces, pero sanos y pacíficos. Benito Bonet, aquel Benito á quien todos miraban con lástima benévola cuando pobre, iba ya llamando la atención por agreste y receloso cuando rico, y ya daban qué decir y ocasión para murmurar sus respuestas desabridas, sus distracciones malhumoradas ó su silencio inoportuno.
Donde el cambio fué más radical y se hizo más notable y más incomprensible fué en el hogar doméstico; en aquellas habitaciones destinadas antes á las efusiones recíprocas, á las quejas en comandita, á las expansiones más ó menos justas de agravios y de ofensas, y hoy mudo at home de personajes sesudos y reflexivos.
Tanto que allí era donde el nuevo rico se encerraba en su sombría reserva, en sus monólogos monosilábicos, en sus ademanes grotescos de puro serios y ridículos de puro sublimes; donde doña Bernarda no podía conseguir de él más que gruñidos fraternales, y su hija, su bellísima Lucía, más que algún que otro abrazo fugitivo, y el amartelado Ramirito..., ése ni casi el saludo debido á los extraños. ¡Quién había de figurárselo!