Llegó, como tantos otros, un domingo, y al ruido de la colmena humana propia de una fábrica sucedió el exagerado silencio y la dulce quietud de los días festivos, con que en todas partes y más en las capitales de provincia se celebra el descanso de la semana, por llevar al campo ó á la playa, según las condiciones del país, el bullicio y la animación. Dependientes, obreros, criados, hombres y mujeres, jóvenes y viejos, todos sin distinción de sexos, edades y empleos, abandonaron por más ó menos horas la casa donde ganaban su subsistencia, y buscaron en el ambiente espacioso de la libertad la autonomía individual, ese libre albedrío tan cacareado por los filósofos y tan avaramente repartido por las circunstancias sociales entre todos los que según la religión y las leyes debían tener á él derecho.
Hasta el austero y melancólico Puig salió de la casa y de sus casillas á las ocho de la mañana, diciendo á su amigo y jefe que comería en el campo y no volvería hasta la hora de cenar, si acaso. Los que necesitaban permiso para ausentarse le pidieron pro fórmula, y los demás yo creo que ni amanecieron en la casa; con tal gana tomaron por suyo aquel día en que el sol brilló espléndido y sin la menor nube en el horizonte.
Solos, completamente solos se encontraron de sobremesa aquellos tres individuos que componían la trinidad dinástica de aquella monarquía absoluta. No como en los días de su modesta medianía se oían risas y exclamaciones acompañadas por los acordes y escalas del piano donde Lucía, mal que bien, rendía culto á esta mala costumbre de la educación moderna; sino que, por el contrario, el piano permanecía cerrado, como cerradas á las risas las bocas y casi á los movimientos las manos. Bernarda casi se hería el labio inferior por apretar sobre él la fila de sus dientes superiores, mirando sin cesar á su hermano que cada vez fruncía más su entrecejo al sentirse observado con tal insistencia; y Lucía, aburrida de aquella escena muda que se repetía con mucha frecuencia y que aquel día tomaba proporciones solemnes, se levantó de su silla y se asomó á la ventana, echándose casi de bruces en ella, para alejar su espíritu y hasta casi su persona de aquel cuadro familiar tan monótono y tan íntimo, al que parecía estorbar todavía su presencia.
Temió doña Bernarda que su hermano, como había hecho ya varias veces, aprovechara aquel movimiento independiente de su hija para huir de las intimidades fraternales, y antes de que Benito indicara el movimiento, le puso una mano sobre el hombro, y obligándole á estarse quieto le dijo:
—Ya es hora de que hablemos tú y yo á solas. La niña no estorba, y aunque estorbara, su atención se fija en la calle en este momento y no se ocupa para nada de nosotros. Han pasado muchos días, muchos, y no he querido molestarte suponiéndote ocupadísimo en terminar los asuntos de esa herencia: tal vez hayan surgido serias dificultades, y á eso se deba tu brusca mudanza de carácter; pero de todos modos, ya es hora de que se concluyan este silencio y estas dudas y sepamos, yo sobre todo, á qué atenernos. ¿Qué hay? ¿Qué sucede? ¿Qué significan tus gestos, tus distracciones, tu preocupación constante y sobre todo ese humor atrabiliario, tan desacostumbrado en ti, y que parece síntoma de enfermedad ó certidumbre de desdichas? ¿Somos otra vez pobres? ¿No hemos dejado de serlo nunca? ¿Fué un cuento la historia del notario? ¿Se ha negado Puig á reconocer el escrito de su amigo Bernaregui?
—No disparates y no busques argumentos absurdos á tus propias figuraciones. Yo no tengo nada, y si lo tuviera no reconocería por causa nada de cuanto has supuesto. Puig está conforme con todo; el notario dijo la verdad, y yo soy rico. Ya lo sabes. No hay motivo para que te devanes los sesos.
—¿De modo, querido hermano, y perdona que hoy te hable por fin con toda la expansión digna del caso, ya que hasta hoy no he podido hacerlo, que no es un sueño que somos ricos de verdad y que Puig no tiene nada? ¿Cuándo entras en verdadera posesión de tu fortuna, y sobre todo á cuánto asciende ésta? Eso es lo que ya es tiempo que me digas y lo que no comprendo que hayas tenido calma y frialdad para ocultarme hasta ahora á mí, á tu hermana, al único ser que tiene derecho á disfrutar de todas tus felicidades y á llorar por tus penas.
—Aquí no hay penas por que llorar; pero tampoco la felicidad es tan grande que sea cosa de volverse loco.
—¿Cómo que la felicidad no es tan grande? ¡Pues no eres rico!
—¡Rico! ¡Rico! Cuando uno es pobre y piensa en la fortuna de los demás, siempre le parece inmensa esa fortuna, sobre todo cuando no tiene uno ni la esperanza más remota de que pueda llegar un día á pertenecernos. Miramos con tanta envidia todos los caudales ajenos, que sólo por no ser propios se nos figuran colosales. Y luego, cuando llega la realidad, se empequeñecen hasta aturdirnos por su insignificancia. Créeme, pobre Bernarda, todo en el mundo es cuestión de óptica.