—¿Qué me cuentas?

—¡Miseria, miseria y miseria!

—Me asombra todo lo que me dices, y ahora comprendo perfectamente que no hayas querido darme un mal rato hasta ahora. Vamos, explícate de una vez.

—Poco tiene que explicar y ya puedes haberlo comprendido. Nuestra fortuna es regular, menos que regular; y en vez de ser millonarios, verdaderamente millonarios, somos unos burgueses adocenados, unos ricos de tres al cuarto. No me mires con esos ojos espantados como si temieras que me voy á volver loco; tenemos lo bastante para vivir, nada más que para vivir, y eso según y conforme...

—La loca voy á ser yo, si sigues hablándome de este modo.

—Vamos á ver; ¿qué te figuras que tenemos? ¿Á cuánto crees que asciende toda la fortuna de que podemos disponer?

—Tanto me has asustado que yo no sé ya qué decirte.

—Pues apenas pasa de doce mil duros de renta. ¡Ya ves! Eso lo tiene hoy cualquiera, y al fin del año lo comido por servido, y gracias que no haya uno tenido que contraer deudas y empezar con déficit el año sucesivo.

—¡Doce mil duros de renta y te parece poco, cuando no teníamos más que cinco mil pesetas y estábamos tan contentos! Es decir, contentos no, porque siempre nos quejábamos de no ser ricos; pero en fin, teníamos bastante para todo.

—Cierto que no teníamos más que cinco mil pesetas, pero eran de sueldo, y además nos daba Puig de comer y casa y muchos regalos, y ahora todo lo que necesitemos tendrá que salir de la renta, y daremos de comer á los demás, y los regalos los pagaremos nosotros, y las contribuciones y el sastre y la modista y el infierno. Convéncete, Bernarda, de que esto es una ruina y de que es preciso, absolutamente indispensable, dar una solución económica á todos los problemas de esta casa. He reflexionado mucho estos días, he pensado con detenimiento lo que nos conviene, y he adoptado un plan general irrevocable.