—Antes me consultabas todas tus determinaciones, y no sólo las graves y trascendentales, sino las más sencillas.
—Se acabó aquel tiempo para siempre. Sé ya por experiencia que los consejos que da todo el mundo son siempre interesados, y he decidido pasarme sin ellos. No opiniones, sino órdenes son las que han de salir de mis labios en adelante, y vosotros los primeros que tendréis que obedecerlas ciegamente.
—Pero, Benito, no te conozco...
—Yo tampoco me conozco; pero esto ha de ser y esto será. El orden y la economía, que aquí eran desconocidos del todo, serán los que en lo sucesivo regulen nuestros gastos. He examinado minuciosamente todas las cuentas, y asusta ver lo que aquí se gastaba. ¡Qué desorden, qué despilfarro! Tú gastabas en mantenernos á los cuatro y á las dos criadas y á Rispall, es decir, lo que constituye el plato de la familia, de cuatro á cinco duros diarios, que es un escándalo, y el tonto de Puig jamás te tomaba cuentas. Le pedías más dinero cuando se te concluía el que te había dado anteriormente, y en paz. Él gastaba por su parte lo que le parecía y no lo apuntaba siquiera. Pues ¿y los extraordinarios? Llegaba el día de tu santo..., un vestido...; el de mi hija..., otro ú otros dos... ¡Lo que aquí se ha derrochado en trapos, en labores, en cosas superfluas! Y luego una casa, que puede producir renta pingue, destinada á hospital ó refugio de vagos, y suscripción para escuelas, para iglesias católicas, para construcción de templos, para periódicos políticos é ilustrados. Y padrinazgo de boda por aquí, y de bautizo por allá, y encargar misas á capellanes pobres, y pagar entierros á obreros necesitados... ¡En fin, el caos! ¿Y qué ha sucedido? Lo que no podía menos de suceder. Según la liquidación de los tres últimos años, de toda la renta de la casa á Puig no le ha quedado ni un real. Es decir, que se han gastado aquí los doce mil duros largos anuales. Así se tira el dinero y así se arruinan los más ricos, y así no quiero arruinarme yo. Tenlo entendido y sabe á lo que has de atenerte.
—¡Los ricos deben gastar, porque para eso lo son!
—Te equivocas: lo primero es ahorrar para poder ser rico. El que gasta todo lo que tiene no puede ser rico jamás, y yo quiero ser rico, puesto que lo soy. ¡Y todo el mundo me ayudará á serlo, de grado ó por fuerza!
—Muy bien que exijas de los extraños orden y economía; pero á tu hermana y á tu hija no creo que necesites recomendárselos.
—Pues te equivocas de medio á medio. Ustedes dos son las primeras que necesitan reformarse, y lo primero que hay que suprimir es el ocio.
—¡El ocio! ¿Qué quieres decir?
—Que aquí se desperdicia el dinero y el tiempo y hay que aprovechar ambas cosas. Mi hija ya sabe bastante francés y suficiente piano. Se suprimen los maestros.