—Pues ya lo creo que los maestros están de más. Una chica de diez y ocho años que va á casarse en seguida...
—De eso ya hablaremos más adelante..., que prospere el novio...
—¿Qué dices? ¿Pero eres tú el que habla? ¿Qué significa esto?
—Esto significa que esta casa ya no es la misma; que ha variado de dueño y que yo soy sólo el que manda y gobierna en ella.
—¡Jesús, María y José!
Á este grito de doña Bernarda, salido de lo más profundo de su alma, volvió el rostro hacia la habitación, apartándole de la calle, la linda Lucía, y suponiendo que su padre sería el causante de aquel grito de su tía, se dirigió á él preguntándole:
—¿Qué es eso, papá? ¿Ocurre algo?
—Ocurre lo más inaudito que puedes figurarte—contestó doña Bernarda, preparándose á detallar á su sobrina los proyectos de Benito, y en particular los que se referían á la boda de la niña, causa hacía apenas un mes de aquella acaloradísima discusión con Puig.
—No ocurre nada que no sea justo y razonable. Recordaba á tu tía una máxima que oí siempre á mis padres en mi infancia y que lamento que hayan olvidado los que más debían haberla seguido.
—¿Y cuál es esa máxima, papá, para que no la olvidemos?