—Que en esta tierra caduca, el que no trabaja no manduca.
—¿Y por qué se refiere á nosotros ese refrán ó esa aleluya?
—Porque tu padre—gritó ya doña Bernarda, que no podía contenerse por más tiempo,—tu padre que encontraba excelente tu educación hasta ahora, y te mimaba y sólo quería ser rico, según aseguraba á todas horas, para mimarte más y darte más gustos y más maestros, se arrepiente de las ideas de toda su vida y quiere que trabajes como una menestrala y que olvides y abandones tu educación de señorita para dedicarte desde hoy, ¡á buena hora!, á oficiala de modista ó á cigarrera para mantener á tu pobre padre el millonario.
—Nada de burlas ridículas, ni de exageraciones inconvenientes; lo que yo quiero es que mi hija trabaje como trabaja aquí todo el mundo.
—Pero, papá, ¿en qué quieres que trabaje si no sé hacer nada para ganar un jornal ó un sueldo cualquiera?
—No se trata de eso; se trata de dedicar menos tiempo al piano, y de despedir á la profesora de francés, y de atender más á los quehaceres domésticos. Así podrás ser más mujer de tu casa cuando la tengas, porque el casado casa quiere, y cuando llegue la hora de casarte, tú tendrás que estar al frente de ella y dar el ejemplo primero á tus criadas, si las tienes, y luego á tus hijas cuando las tengas. Así pues, desde mañana mismo hay que disminuir todas las labores de adorno y aumentar las de necesidad verdadera y las de utilidad práctica.
—Pero y si no se toca el piano ni se estudia, ¿qué se hace?
—Se cose, se plancha, y puedes ahorrarte la doncella, cuando seas una verdadera señorita de tu casa.
—Pero, tía, ¿qué opina usted de esto?
—¿De esto? Una de dos, ó que tu padre se chancea para darnos después la buena noticia de que es más rico aún de lo que creíamos, ó que las palabras son una cosa y los hechos otra muy distinta, puesto que todos sus planes de hoy son completamente diferentes de los que echaba cuando éramos pobres.