—Eso prueba que entonces estaba yo loco ó tonto y sólo se me ocurrían simplezas y pamplinas, y que hoy sé lo que traigo entre manos y no quiero ser víctima de los desarreglos, de los derroches y de la holgazanería de los demás.

—¿Pero quiénes son aquí los holgazanes?

—Vosotras y después todos, todos los que comen egoistamente de mi pan y viven de mi sangre. ¡Desde mi hija hasta el último obrero!

—Hay que disculparlos á todos, porque todos te han oído decir constantemente, cuando eras sólo cajero de Puig, que si la fábrica hubiera sido tuya, nunca te hubieras mostrado tirano con los trabajadores y operarios, antes bien les hubieras dado mayor jornal y exigido de ello menos trabajo.

—¡Yo! ¿Yo he dicho eso? Pues he dicho muy mal y nadie debía haberme hecho caso.

—Y recuerdo perfectamente, papá, que cuando trabajaba alguien poco, en las oficinas ó en los talleres, tú siempre le disculpabas.

—¡Yo, yo disculpaba á los holgazanes!... ¡Yo defendía á los bigardos!... ¡Y tú te atreves á decírmelo á mí..., á mí..., á tu padre!...—exclamaba Benito fuera de sí; y dando palmadas huecas y alzando los brazos al cielo y gritando como un energúmeno, se acercaba á su hija.

—¡Tú!, ¡tú!, y no trates de aturdir y atemorizar á la chica, porque no tiene la culpa de nada de lo que sucede—dijo Bernarda, interponiéndose prudentemente entre la hija y el padre.

—No; yo no puedo haber dicho nunca nada de lo que aseguran ustedes.

—Lo has dicho una, mil veces y toda tu vida.