—¡Y tú mientes, mientes y mientes!—dijo ya Bonet en el colmo del furor.
—Y lo que yo puedo jurarte, papá—dijo Lucía con un acento en el que se traslucían los sollozos,—es que tú no te enfadabas nunca cuando eras pobre, y mucho menos conmigo: que bastaba una palabra mía para quitarte el mal humor, si le tenías alguna vez, cosa que no manifestabas jamás con voces, gritos ni amenazas: que todo se te volvían palabras dulces y cariñosas para tu hija, y que desde que eres rico, cosa que después de todo no se ha conocido en nada hasta hoy, sonríes muy pocas veces, hablas mucho menos, estás menos contento, y lo que es reirte, yo no te he visto reir desde hace un mes. Vamos, papá, serénate, y convéncete de paso que si al perder la pobreza has perdido la bondad de tu carácter, el buen humor, la alegría y el amor que nos profesabas, más vale que no seas rico nunca y que pidamos todos á Dios que te vuelva á dejar tan pobre como antes.
—Tú y tu tía sois dos necias y no hay que haceros caso. Vuestras exageraciones son ridículas: yo soy el mismo de siempre, sino que antes pensaba menos y peor, y hoy pienso como debo, y quiero que todo el mundo me obedezca ciegamente y no proteste de mis órdenes ni de mis actos. Sin enérgica voluntad y sin despotismo ilustrado, no hay orden posible. Todos los que están abajo en la escala social tienden á la rebelión, y es preciso cortar de raíz los más pequeños síntomas de desobediencia ó de protesta, si ha de marchar la fábrica por el camino debido. En vosotras estarán fijas las miradas de todos. Vosotras habéis de dar el ejemplo, y desde mañana vosotras seréis en la casa el modelo de la obediencia, del trabajo y la laboriosidad. He concluído y no tengo más que deciros.
Y en efecto había concluído, porque ni él dijo más palabra, ni las dos mujeres, absortas y mirándose una á otra, supieron qué contestarle.
Transcurridos unos cinco minutos de mutuo silencio, Benito se dirigió á su alcoba y se echó vestido en su cama con propósito de dormir la siesta, cosa en él desacostumbrada; pero como por la noche hacía ya muchas que conciliaba con dificultad el sueño y se desvelaba con frecuencia, quiso ver si lograba de día lo que no conseguía de noche.
Lucía y Bernarda le miraron irse con la alegre satisfacción del que se libra de un peso que le molesta, y acercándose una á otra y bajando la voz, comenzaron á hacer comentarios de la escena pasada. La tía enteró á su sobrina del principio de la conversación, que ella no había oído por haberse retirado á la ventana, y de los doce mil duros de renta que á su padre le parecían una miseria. No le pareció mucho más á la hija, pues siempre se había figurado que la fortuna de Bernaregui era mucho más cuantiosa, y su padre y su tía habían contribuído á tal creencia, exagerando la avaricia de Puig y ridiculizando su trato modesto. Á este chasco, en sus esperanzas de mayor fortuna, había que achacar el mal humor de Benito, y era seguro que, en serenándose, todo volvería á verlo del mismo color que en sus mejores días.
Puede que le sucediera eso despertándose, pero dormido le sucedía lo contrario. Aquella siesta bienhechora, que por lo pronto que se rindió al sueño parecía que iba á servirle de verdadero descanso, fué peor para su espíritu que los insomnios de las noches. Aterradoras imágenes que en sucesiva fantasmagoría cruzaban por el espacio; monstruos de especie desconocida que sentándose á horcajadas sobre su pecho, espoleaban sus costillas y dificultaban su respiración oprimiendo los pulmones; la digestión penosa y difícil de una comida amargada por preocupaciones incesantes; la pérdida de la conciencia de las horas, que hacía suponer á su imaginación que eran las cuatro de la madrugada siguiente las cuatro de la tarde del mismo día; todo aquel trastorno mental fué obra de la intempestiva siesta. Benito se levantó realmente enfermo, él que nunca había visto alterada su salud ni aun en los días de verdadera penuria.
Y mientras, Ramirito esperaba impaciente que Lucía le hiciera una seña desde la ventana de su cuarto para tener con ella el rato de palique acostumbrado todos los días festivos. Más que de costumbre se hizo esperar la seña, pero se hizo al cabo, y el amartelado novio bebió los vientos y se tragó la distancia que le separaba de su lindísima pareja; y en la galería acristalada, de hermosas vistas y ambiente fresco, comenzó ese eterno coloquio, siempre el mismo y siempre nuevo, en que los juramentos de amor son tantos como las palabras, y en que, pareciendo la vida una eternidad, prometen todos amarse por toda la vida.
Pero aquella tarde era preciso hablar de algo más grave. La extraña transformación que había sufrido el carácter y aun la salud del futuro suegro, y que los había tenido con gran cuidado por ignorar su trascendencia, ya se había manifestado á las claras, y de ella eran los amantes las primeras y más lamentables víctimas.
¡Pues no se antojaba al nuevo rico que su hija había de trabajar como una menestrala y suspender sus lecciones de piano y de francés! ¡Pues no se había atrevido á decir que de la boda se hablaría más tarde, sin fijar plazo, cuando precisamente se figuraban ambos que ahora no habría dificultad ninguna y que su mayor gusto era dotar en grande á su hija y dársela inmediatamente en matrimonio al aventajado joven que cifraba en ella su felicidad!