—Y no te creas—concluyó Lucía, conteniendo á duras penas los sollozos que querían salírsele del pecho—que todo esto lo ha dicho mi padre con frases de cariño y con la dulzura de voz y de expresión á que me tenía acostumbrada, sino con faz torva, con miradas hoscas y con palabras secas y desabridas. «¡Á coser, á planchar, á ahorrarte la modista y á vivir con orden y economía!—Así me ha dicho,—y de tu boda ya hablaremos más tarde, cuando llegue el caso.»
—Pero entonces, alma mía, aquí debe haber un misterio que nosotros no sabemos adivinar. Ó la herencia no ha sido verdad, ó Puig se ha negado á entregarla y reclama ante los tribunales su derecho y el cumplimiento del primitivo testamento de Bernaregui, y por lo tanto tu pobre padre se ve expuesto á quedarse no sólo sin la herencia, sino sin la posición que su amigo le había dado, pues claro es que reñirán y no podrán vivir como antes, ó la alegría del cambio de fortuna ha perturbado sus facultades intelectuales. Créeme, niña, sin una causa gravísima, sin una razón poderosa, no se cambia así repentinamente de ideas, proyectos y carácter. Tu padre era la suma bondad, tu padre se había hecho querer con locura por todos los que le habían tratado; tenía en cuantos dependían de él amigos, y no dependientes ni criados; de ti no hay que hablar, pues todo le parecía poco y pobre y mezquino tratándose de su hija. ¿Qué ha sucedido en tan breve espacio de tiempo para el cambio radical que en él observamos?
—Es que tú no puedes formarte una idea exacta de ese cambio de que hablas. Los extraños, por muy íntimos que sean, por mucha penetración que tengan, sólo pueden dar valor á las exterioridades de un carácter, á lo que puede ver todo el mundo. Pero un hijo, y más aún una hija, puede apreciar la más pequeña diferencia y el más mínimo cambio. Mi padre no es el mismo; es otro hombre completamente distinto, y milagro será que no obedezca toda esta desdicha á una repentina enfermedad que no conocemos y que quizás ni él mismo sospecha. No come, no duerme, no descansa; nada le alegra, con nada se distrae y todo le aburre y le desagrada. Los platos que antes saboreaba con delicia son los que hoy más aborrece; las conversaciones que antes le distraían, hoy le aburren y le cansan, y no hay para él verdadera tranquilidad ni gusto en nada. Créeme, Ramiro; es preciso que tú y yo, sin contarle á nadie, ni á mi misma tía, porque ésta desconoce ciertas delicadezas, lo que sospechamos y lo que intentemos para salir de dudas, pensemos lo más urgente y más acertado. Dime tú qué te parece lo que te digo y qué se te ocurre para tranquilizarme.
—Creo que puedes tener razón, y basta con esa posibilidad para que yo suscriba desde luego con gusto á todo lo que determines. Lo más conveniente en este caso es que una notabilidad médica, no uno de esos charlatanes científicos modernos que todo lo arreglan con artículos de periódicos y polémicas teóricas, sino uno de esos médicos prácticos que saben, por haberlos estudiado in ánima vili, todos los secretos del organismo humano, examine minuciosamente á tu padre, sin que éste pueda adivinar el examen de que es objeto, y me diga á mí, pues á ti, si es cosa grave, ninguno querría decírtelo, el verdadero estado físico y moral del enfermo, si lo está en efecto, y pueda darnos la seguridad de que nos equivocamos en nuestra creencia.
—Eso es lo que yo quería Ramiro, y me has adivinado. Yo nada puedo hacer por mí sola, pues ni conozco á nadie, ni es natural que yo afrontara la difícil situación en que una connivencia contigo en este asunto podía colocarme respecto de un extraño.
—Por eso no debes pensar más en ello, ni preocuparte por los medios de que yo me valdré para llevar á cabo nuestro propósito. Yo correré con todo. Buscaré á ese médico, le hablaré minuciosamente; juntos inventaremos una historia, un negocio, el motivo en fin que haya de ponerle en contacto con tu padre, no en una sola y rápida conferencia, sino justificando algunas visitas sucesivas y dando ocasión á que pueda examinarle con profundo detenimiento. Así podrá después razonar bien su diagnóstico y yo te daré cuenta de todo tan por menor como sea preciso. Si te equivocas y tu padre no padece enfermedad ninguna; si su cambio de carácter no es más que una evolución moral más ó menos lógica, nada tendremos que hacer; pero si en efecto la enfermedad existe y necesita tratamiento y régimen para su curación, á tiempo estamos entonces para llamar pública y abiertamente á la ciencia en nuestro auxilio, y para que tú sobre todo salgas de esta mortal incertidumbre en que hoy te encuentro.
—Y si no tuviera yo motivos suficientes para quererte mucho y bien, tu conducta para conmigo en este momento me haría adorarte. Gracias, Ramiro mío, por tus consejos, por tu auxilio y por tu amor. Y al llamarte mío es porque quiero jurarte otra vez más que yo he de ser tuya y sólo tuya, suceda lo que suceda. Si mi padre, como en otro tiempo Puig, quiere retrasar nuestro matrimonio, retráselo en buen hora: todo ese tiempo que tarde yo en ser tuya lo emplearé en hacerme más acreedora á esto que para mí es una dicha. Si, por el contrario, nuestro cariño le convence y quiere apresurar nuestra felicidad, con ver que ésta es grande y duradera podremos contribuir mucho á la suya.
—Y como la ocasión es solemne y yo te he de probar mi gratitud por el amor con que pagas el mío, te diré también lo que hasta hoy no he creído necesario. Si entre los diversos cálculos á que el cambio de tu padre ha dado motivo, saliera cierto el que por desgracia he tenido, de que perdiendo la herencia y aun la medianía se viera sin recursos en su vejez, yo te juro, alma mía, que no sólo no sería obstáculo su pobreza á nuestra boda, sino que entonces me creería yo mil veces más obligado á ella, y ambos trabajaríamos unidos para hacerle á tu padre más llevadera su desgracia. Hoy te juro, como antes, que en ser tu marido cifro mi única felicidad y que á serlo aspiro con todas las fuerzas de mi alma. Más rica, más pobre, con algo de dote, sin ninguna, ó de cualquier modo que la suerte te traiga á mis brazos, yo en ellos te estrecharé para toda mi vida, y á tu amor deberé cuanto yo pueda llegar á ser en el mundo.
—¡Y yo á ti mi suprema felicidad!
—No vuelvas á decírmelo, porque me siento cobarde, niña mía, tan cerca de ti, y tu acento divino me embriaga de amor y de dicha. Te adoro y tú me quieres; nuestras manos se lo juran y nuestros labios están sedientos. Adiós, niña; retírate á tu habitación cuanto antes, déjame respirar en calma lejos de tu presencia adorada, y hasta mañana.