—¡Hasta mañana, y no me olvides!
—Y si te olvidara..., ¿qué harías?
—¡Ah! ¿Conque quieres olvidarme? Yo lo impediré...
—¿Y cómo, vida mía?
—¡Así!
Oyóse un beso, rápido y sonoro, tan inocente como el de un niño, el crujir de un vestido, un suspiro de amor y de dicha, y una alegre carcajada que se fué perdiendo por la galería. El pobre Ramiro no durmió aquella noche.