SIGUE OTRA VEZ CRECIENDO LA MAREA
Si el célebre axioma filosófico é histórico vox pópuli, vox Dei, no tuviera la inmensa ventaja de no ser tal axioma, y de estar por lo tanto sujeto á la humana controversia como todos los demás errores humanos, no serviría más que para renegar de su autor y para calificar de locuras todas sus consecuencias.
¿Cómo ha de ser axioma una idea que se ve constantemente desmentida por los hechos, y un hecho que está en constante contradicción con la idea de que ha nacido? Si la voz del pueblo fuera la voz de Dios, siempre tendría razón, y disfrutaría sobre todo de ese carácter de constancia y de inmutabilidad que tienen todos los atributos del Ser Supremo. La voz del pueblo, unas veces cruel, otras estúpida, siempre vengativa y por todo extremo inconstante y voluble, está casi siempre reñida con la bondad, con la clemencia y con la misericordia. Sobre todo la voz del pueblo no razona, no convence, no corrige; chilla, pide, juzga y castiga sin criterio, sin majestad, sin inteligencia; lo que hoy eleva, mañana lo deprime; lo que ayer reclamaba, hoy lo abandona, y lo que mañana creerá justicia, pasado mañana estimará crimen. En una palabra, la voz del pueblo, conjunto inconsciente de todas las voces sociales, en vez de ser fiel intérprete de la voz de Dios, es el colosal berrido de la bestia humana.
¿Cuándo tiene razón? ¡Dios lo sabe! Unas veces parece como que el Espíritu Santo ha descendido hasta ella inspirándola santamente, y engañaría hasta á los más escépticos si lo que empezaba en plegaria no concluyese en maldiciones: otras imita con sus quejidos dolorosos la desdichada suerte de la víctima, y cuando se trata de socorrerla, responde con las carcajadas salvajes del verdugo; digámoslo de una vez: creer que la voz del pueblo es la voz de Dios, sería destruir la historia, la religión, la sociedad y el mundo que habitamos. Suum cuique.
No hace dos meses, según puede desprenderse de nuestro relato, que la voz general, vox pópuli, acusaba á Juan Puig de avaro, de exigente, de amo tiránico y sin entrañas; juzgábanle todos como indigno heredero de la fortuna de Bernaregui, como olvidadizo de favores recibidos con sus antiguos compañeros, como desconsiderado con los que ganaban á sus órdenes su sustento, y todos volvían sus ojos enternecidos hacia el bondadoso, el humilde, el justo Benito Bonet, que compartiendo con los quejosos el vox pópuli, era la verdadera personificación de la virtud, de la razón y del derecho. ¡Instabilidad de los juicios humanos!
Juan Puig había descendido del trono para confundirse con la multitud: era ya uno de tantos; la justicia humana estaba satisfecha, puesto que oyendo sus voces se había desencadenado sobre él la justicia divina, cruel, vengativa, justiciera, inapelable, volviéndole á la nada de donde había salido.
Hombre muerto, hombre enterrado; no había que hablar de él. Ei fiu.
¿Y el justo y el probo y el simpático Benito? Ahora vuelve la vox pópuli á hacer de las suyas, y milagro será que no haga una de pópulo bárbaro.
Por lo pronto, el pobrecito ex cajero ya no era tan asequible á las quejas de sus subordinados, y no faltaron algunos que trataron de intimar con el ex principal Puig para lamentar el cambio brusco del carácter del nuevo rico. ¡Qué demonio! Cierto que Puig era excesivo en sus exigencias cuando mandaba en todos: se levantaba á las ocho de la mañana; recorría todas sus dependencias, notaba las faltas, reprendía á los morosos, estimulaba á los holgazanes, pero no pasaba de ahí. En cambio el suave y dulce Benito se levantaba al ser de día, esperaba inquieto la llegada de todos, no saludaba á nadie, no pagaba ni con una sonrisa la exactitud de los que llegaban primero, ni los últimos dejaban de oir la terrible amenaza de quedarse en la calle en caso de reincidencia. Nada; que era cien veces peor que el otro, y eso que estaba en los comienzos de su reinado. ¡Qué sería cuando ya se hubiera acostumbrado al uso absoluto de sus derechos!
Indudablemente los juicios hubiesen sido más pesimistas á conocerse la terrible escena doméstica de la víspera; pero, por fortuna, ni Lucía ni doña Bernarda creyeron oportuno hablar con nadie de tal acontecimiento. Es más, las dos convinieron en la conveniencia de guardar acerca de él el más profundo silencio. Pero Lucía habló necesariamente á Ramiro, y éste casi juraríamos que no guardó el encargado secreto con algún compañero, y así de uno en uno y de uno en otro se fué sabiendo sin saber cómo, y ¡vamos!, que á la hora del almuerzo nadie ignoraba en la fábrica los proyectos económicos de Benito, ni sus arranques autoritarios, ni sus exabruptos familiares.