Con gran curiosidad he sacado en limpio quién podia ser este Cupido, nombrado dios de amor de la mentira, y pintado, como le veis, de la verdad, y hallaréis que en los enamorados viciosos es nuestro deseo que, por desear desvergonzadamente, le pintan desnudo como á desvergonzado y ciego, pues lo son todas sus cosas, y con armas para hacer mal, pues siempre lo hace, que cuanto más da placer, no está sin dar pesar; nómbranle aquello que él no es, pues lo que es Dios no reina malamente, para que don Diego Ladron crea en lo que es Dios, y no en quien no lo puede ser, como de muy enamorado, le tomé un dia por el mismo dios de amor.

Dijo don Diego Ladron: Nunca he visto buena postre y mal provecho sino agora, habeisme convidado á tercetos y hanme sabido á motes, ni los unos ni los otros me han parescido mal por ser vos el convidador; pagar os quiero esta comida con este cuento que oiréis: El almirante de Castilla convidó á unos portugueses, y fueron servidos de truhanes á la mesa porque les diesen de motes, y dióles por comida no más de ruiseñores, que son aves de poca carne y mucho cantar; y como ellos estuviesen muertos de hambre y hartos de risa por haber comido poco y reido mucho, con los truhanes, dixeron: Señor Almirante, mais manjares é ménos donaires. Don Luis Milan, yo no he dicho esto sino porque nos deis más sonetos y ménos motes, aunque todo es tan bueno que por vos se puede decir: Cada cosa en su lugar, imposible es enojar.

Dixo don Luis Milan: Responder os quiero con otro cuento, y es éste: Un señor tenía un barbero en su casa, y era tan loco, que siempre queria hacer el donoso, y tan importuno, que jamas se apartaba de su señor quebrándole la cabeza de mucho hablar; tanto, que de sus locuras adolesció de dolores de cabeza que tenía muy á menudo, y para sanalle, untábale la cabeza en tomalle el dolor, y en lugar de sanar, más adolescia. Cayó en la cuenta su señor que su barbero le habia adolescido, y díxole: Véte de mi casa, que yo no sé que sepas hacer otra cosa sino quebrarme la cabeça y untarme los cascos; que ni sabios verbosos ni ignorantes graciosos.

Dixo don Francisco Fenollet: Don Luis Milan, pues don Diego Ladron os quebró la cabeza con su cuento, y vos os habeis bien pagado con el vuestro, untalde los cascos con otro soneto y quedarémos de las burlas en paz, con tan buenas véras como vos nos dais.

Respondió don Luis Milan: Soy contento si no salle algun cuento fuera de tiempo, que los cuentos, para nunca enojar, han de ser en su lugar.

Aseguralde y salir ha; y respondieron: Él se asegura tanto como está seguro de no parescer mal, y con esta seguridad, el soneto salió diciendo:

De mí dirán aquel refran muy cierto:
Quien no’s á sí, ¿á quién podrá ser bueno?
Escarmentad por bien en mal ajeno,
Y no burleis de quien muchos ha muerto.

No sea, pues, mi prédica en desierto,
Que mal amor peor es que veneno,
Pues deste mal á mí mismo condeno
Por despertar á quien no va despierto.

Ya veis que fué d’aquel tan gran maestro
Del griego rey, Alexandre nombrado,
Que fué d’amor de su mujer vencido.

Della se vió con freno ir de diestro,
Y respondió: Deste gran rey burlado,
¿Qué harás tú, si yo no me he valido?