Dixo Joan Fernandez: Don Luis Milan, lo que en vos sobra, en nosotros falta para alabaros; mucho debeis á Dios, merescimiento habréis de amprar á toda la letanía de los santos para pagar tan gran deuda, como debeis á quien os crió, porque vos avisais muy avisadamente en vuestro soneto á todos que escarmienten en mal ajeno mirando el vuestro, y no desperdicien lo bueno que vos aconsejais y el mal que Cupido puede hacer, trayendo por exemplo lo que le siguió al gran Aristotil con la mujer del rey Alexandre, su discípulo, que en este cuento oirán:

El príncipe de los filósofos, nombrado Aristotil, siendo maestro del rey Alexandre, se enamoró de la mujer de su discípulo, y de muy enamorado se desvergonzó á pedille lo que no debia, y ella, burlando dél, le otorgó lo que no debiera, diciéndole: Aristotil, yo soy contenta de hacer cuanto me pides, si tú te dejas enfrenar y ensillar de mi mano en secreto, sólo para que yo tenga contento de mí, que pudo mi hermosura vencer á tu gran saber; y teniéndole encerrado de la manera que habeis oido, como á bestia, hizo venir á su marido Alexandre para que viese á su maestro; y muy espantado de velle como estaba, le dixo: ¡Oh Aristotil! tú, que me avisabas con todo tu saber que me guardase de ser vencido y sojuzgado de mujer, ¿te has dexado vencer? Respondióle como á sabio, aunque estaba como bestia: ¡Oh Alexandre! agora te debes más guardar viendo que yo no me pude defender, ¿qué harás tú si no te guardas? que á mí me han traido en lo que estó.

Dixo don Luis Milan: Señor Joan Fernandez, gracias os hago, pues habeis declarado mejor que yo supiera declarar mi soneto; si vos me emprestais vuestra lengua, que tanto bien sabe alabar burlando, y’os emprestaré mis manos para que tañendo desenojeis lo que me habeis enojado burlando de mí con tanto alabarme cara á cara, que de corrido estoy para correr á pedir socorro á don Diego Ladron, que responda por mí y me vengue de vos, como hizo un portugues en este cuento que os contaré: Vino á Castilla un portugues, y dixo que era venido para vender donaires á castellanos, y viniendo un castellano á mercalle un donaire, el portugues le dixo: Castelau, ¿cuánto m’habeis de dar que heu vos faça donoso? y respondió el castellano: Pagaros he con un cuento muy bueno desto que se siguió en Lisboa, que oiréis: Fué un castellano á Portugal diciendo que los portugueses habian enviado á Castilla para que viniese algun castellano á mostralles ser donosos, que el Rey de Portugal lo pagaria muy bien, y que él venía allí para maestro de donaires; y parando escuela, tenía muchos criados del Rey que les avezaba á ser donosos desta manera: hacíales desnudar y metíales al sol en el verano quando más hervia, y dábales aire con unos fuelles por la boca, que abierta con un badajo tenian, y en ver á su discípulo bien hinchado, hacíale atapar la boca y el aire salia por detras con muchos truenos; convidaba á los vecinos para que viesen si sabian bien estos donaires. Y ellos decian: Castelau, fazey boca donosa que rabos donosos son. Y en oir esto el portugues que era venido á vender donaires á Castilla, fuése de corrido diciendo: Vo correndo á Portugal á trazer socorro de un muito donoso portugues que nos vengue de un frio castelau. Señor Joan Fernandez, esto he dicho por ir corriendo de corrido para que venga don Diego Ladron á vengarme de vos, que sois tal cortesano que alabais para burlar, pues sabe á burla alabar con palabras para hacer reir como vos hecistes, diciendo que yo debia tanto á Dios, que para pagalle habia menester amprar merescimientos á toda la letanía de los sanctos. Yo voy por don Diego Ladron que me venga á socorrer.

Dixo don Diego Ladron: No será menester, que muy bien he oido lo que habeis pasado con Joan Fernandez, y no le quedais deudor, que muy bien le habeis pagado; sino, dígalo don Francisco, que los dos estábamos escuchando de la cuadra de fuera mirando una pintura que yo saqué, y en oir la escaramuza de los dos, fué parte para que dejásemos de gozar con los ojos de la buena pintura que teníamos entre manos, para recrearnos con los oidos de oiros á los dos.

Dixo don Francisco: Señor don Diego, vos habeis movido una question diciendo que no le debe nada don Luis Milan á Joan Fernandez, que no la podrémos apaciguar sino con mostralles vuestra pintura; sacalda, que bien menester será; dádmela, que yo la quiero amostrar, porque si los dos vienen á reñir, yo me porné entre ellos, y en ver el retrato de su dama, todos se convertirán en ojos, que no ternán manos para desacatarse delante della, haciendo besar, como á portapaz, esta pintura, pues es el retrato de la dama que van servidores don Luis Milan y Joan Fernandez. Parésceme que acontecerá con esta tabla deste retrato, lo que aconteció en nuestra Valencia con un otra tablilla de un sancto que hacia reñir y hacer paz, como en este cuento diré: Iba un chocarrero por Valencia, vestido como fraile, pidiendo con un sancto que traia pintado en una tablilla, que por esto le decian el fraile de la posteta, y en hallar alguno que al seguro le podia hacer besar la tablilla, metíase tras el hombre y hacíasela besar por fuerza y pedíale caridad, y como alguno no se la queria dar con el modo que la pedia, díxole uno, que no merescia caridad paz que reñir hacia; y el fraile gritaba diciendo que no creian en el sancto, y ellos que sí, y él que no, venian á las manos alguna vez sobre esto, y diciéndole un departidor que hiciese paz con el hombre que habia reñido, díxole el fraile: No haré paz si no la paga al sancto, y siendo contento su contrario dixo: Yo doy caridad á un sancto por hacer paz con un diablo. Y tornando á nuestro propósito, hé aquí la tabla del retrato de vuestra dama, que fuerza tiene para paz lo que puede hacer reñir.

Dixo Joan Fernandez: Yo querria mucho saber cómo ha venido en manos de don Diego este retrato, porque á mí me la hurtaron por temor de mi mujer, que un dia reñimos por ella sobre esto que oiréis: Yo la tenía en mis manos solo encerrado en una cámara y decíale: Más te quiero yo pintada que á mi mujer viva, pues tú me desenojas en mirarte, y mi mujer me enoja en mirarme, ella de braveza me mata, y tú de benina me resucitas, y como ella me viese y oyese por la cerradura de la puerta, abrió y entró diciendo: Á mis manos habeis de morir, don traidor; yo díxele: Buena mujer, teneos allá, que no soy quien vos pensais, nombraisme don traidor y á mi vez me dicen don leal. Respondió: No sois sino don diablo; pues estais idolatrando en esa diablesa pintada, que más lo va ella de afeites que vos la teneis en esa tablilla. Respondíle: Á lo que me decis que soy diablo, agora me habeis acertado el nombre, que para ser uno galan ha de ir tras las almas como él va, aunque yo no lo soy para vos, que nunca iré tras vuestra alma siendo tan rabiosa; y á lo que decis que esta dama va de afeites más pintada que aquí está en la pintura, ¿n’os acordais que un dia os desconocí en una fiesta, muy pintada de afeites, y tomándoos por otra os decia de amores y vos me respondistes: Ciego, rézame una oracion; y conociéndo’s en el habla os dixe: Más os querria pintada y muda que despintada hablando?

Dixo don Luis Milan: Señor Joan Fernandez, vos pretendeis que el retrato de nuestra dama es vuestro, yo no otorgaré jamas sino qu’es mio, porque yo le hice pintar y hurtáronlo de casa del pintor, y creo que vos lo habeis hecho, pues estaba en vuestro poder; y porque se vea qu’es mio, hé allí aquella señal, que llorando de vella tan hermosa pintada como desapiadada viva, cayó una lágrima mia sobre su mano y hizo aquel agujero que veis, y de presto demandé tinta y papel, haciendo una glosa á este villancico que tan á mi propósito hecho está, que en el postrer verso le hallaréis de cada copla destas que yo os diré agora:

Tengo tanto sentimiento
De lo que me haceis sentir,
Que siento tanto el morir
Cuanto mi vivir no siento.

Deste mal saco este bien,
Que estoy hecho un Hieremías,
Que por vuestro gran desden,
Lloran mi Hierusalen
Las tristes lágrimas mias.

Mi Hierusalen en mí,
Es la triste de mi vida,
Que la veo tan caida
Cuanto yo de vos caí.