[351] Los cordobeses llaman Campo de la Verdad al barrio del Espíritu Santo, unido a lo demás de la población por un antiquísimo puente de diez y seis arcos bajo el cual corre el Guadalquivir. Cuéntase que tal nombre se originó de una frase dicha por don Alonso Fernández de Córdoba en 1367, cuando don Pedro I de Castilla fué sobre aquella ciudad, auxiliado por el Rey de Granada (Don Teodomiro Ramírez de Arellano, Paseos por Córdoba, Córdoba, 1873-1877, tomo III, págs. 370 y siguientes). Por el nombre de este barrio y por otras particularidades de topografía y nomenclatura local, se dijo festivamente que los cordobeses tienen la Verdad en el Campo, la Salud en el Cementerio, la Caridad en el Potro y el punto en un cuerno. Esto último se refiere a un altar llamado del punto, inmediato a un gran colmillo de elefante (cuerno según el vulgo) que, como símbolo de la fortaleza, pende de la bóveda de una de las naves de la Iglesia Catedral.

[352] Así el texto en la edición príncipe; pero probablemente falta una palabra: a la Colonia Patricia, diría el original, porque éste fué el nombre de la Córdoba romana, según vemos en sus monedas autónomas de aquella época.

[353] Acerca del significado de acto positivo quedó nota en el tranco III (83, 4)[230].

[354] Escribí preguntando por este antiguo mesón a don Enrique Romero de Torres, mi docto y amable paisano (porque él es natural de Córdoba y yo soy cordobés adoptivo), y ha satisfecho mi curiosidad, comunicándome que por el libro primero de padrones de confesiones de aquella iglesia catedral (1604-1609) consta que el Mesón de las Rexas era la segunda casa de la calle de la Herrería, hoy núm. 83 de la del Cardenal González. Y añadió mi amigo en su carta: «La casa es muy hermosa y por su aspecto debió de ser uno de los mejores mesones de aquella época; está situada cerca de la Puerta del Puente y en la vía principal de Córdoba, que era desde esta puerta hasta la que llamaban Puerta Nueva (que ya no existe), y que constituía la carretera de Sevilla a Madrid.» En el mesón de las Rejas solían hospedarse las compañías de comediantes que representaban en Córdoba: allí se alojaban en 1610 Pedro de Castro y Jerónima de la Fuente, de la compañía del famoso Granados, cuando se desposaron. (Véanse mis Aportaciones para la historia del histrionismo español en los siglos XVI y XVII, Madrid, 1914, pág. 34.)

[355] De la Corredera, sita en el barrio de San Pedro, dijo, entre otras cosas, el citado autor de los Paseos por Córdoba, tomo II, pág. 105: «Su nombre es el que en general se daba en muchas poblaciones al punto en que, por su extensión, se celebraban los actos más concurridos, y en particular las corridas de toros, cintas y cañas. Tiene una superficie de siete mil cuatrocientas noventa y seis varas cuadradas, es cuadrilonga y mide trescientos sesenta y dos pies de longitud por ciento treinta y ocho de latitud en la parte inferior, o sea el Arco bajo, y ciento cincuenta y seis en la superior; los balcones llegan, en sus tres filas, a cuatrocientos treinta y cinco, y los arcos de sus portales a cincuenta y nueve....»

[356] Esta línea y estos ángulos son términos de lo que aún al mediar el siglo XVII se llamaba nuevo arte de la destreza, debido principalmente a los estudios y las obras de Jerónimo de Carranza y don Luis Pacheco de Narváez, su continuador.

[357] Alude Vélez—como dice Bonilla—al diestro retratado por Quevedo en su donosísima Historia de la vida del buscón llamado don Pablos. Quevedo, acérrimo enemigo de Pacheco de Narváez, se burlaba de su nueva destreza; no así Cervantes, que en el Quijote (II, 19) la ensalza y hace quedar vencido por ella al bachiller Corchuelo.

[358] Este pensar, o creer, siempre usado en pretérito y ante infinitivo y equivalente a imaginar, es popularísimo en Andalucía, donde a menudo se oye: «Pensé morirme»; «Creí reventar de risa». Cervantes lo usó con frecuencia en el Quijote: «Pensó perder el juicio» (II, 23); «me pensé caer muerta de puro gozo» (II, 52).

[359] Llamaban espadas negras, porque tiraban a ese color, a las de hierro, sin lustre ni corte, que servían para los ejercicios de esgrima, y a las cuales, a fin de que no hiriesen con la punta, se les ponían en ella botones de cuero, dichos comúnmente zapatillas. Tirso, en el acto II de La Huerta de Juan Fernández:

«TOMASA. ...Dele al gusto puerta franca;
quiera bien, que eso me alegra;
ensaye en la espada negra
tretas que logre en la blanca