[412] Sabidísimo es que este asno no era de oro, aunque se llamara así al libro en que de él se trata, cosa que parece haber olvidado Vélez de Guevara al hacerlo, por su nombre, cabalgadura del riquísimo Creso.
[413] Velicómen, palabra que intrigó grandemente al señor Bonilla en su primera edición de El Diablo Cojuelo, y que antes que Vélez había usado Quevedo en La Hora de todos, significa copa o vaso, del alemán Wilkommenbecher. No todos se habían olvidado del texto del Señor de la Torre de Juan Abad: el maestro Cávia, después de cenar con unos amigos, como otros que llegaron les preguntasen qué hacían, respondió:
«Ya repletos los abdómenes,
alzamos los velicómenes.»
[414] Selvajes, que hoy, menos etimológicamente, decimos salvajes.
[415] Correspondientes, dicho por lo que ahora llamamos corresponsales. Castillo Solórzano, La Garduña de Sevilla y anzuelo de las bolsas, cap. IV: «Había Marquina tomado por una deuda a un correspondiente suyo, que había quebrado, una heredad fuera de la ciudad....»
[416] Entre las diversas marcas con que solía herrarse a los esclavos en los siglos XVI y XVII, era la más frecuente la de una S y un clavo, para indicar esclavo. Gestoso, en su interesante artículo sobre La compraventa de los esclavos en Sevilla, apud Curiosidades antiguas sevillanas (Sevilla, 1910), págs. 83 y siguientes, reseña algunos documentos en que hay referencias a esta marca. Indicaré uno: en el testamento de Pedro García de Quesada (9 de marzo de 1520) se menciona «vn esclabo moro del cabo, de hedad de quinze a diez y seys años herrado en la cara, en vn carrillo con vna S, y en otro vn clavo, que se dize abrahem....» La S y el clavo pasaron pronto a la literatura. Baltasar del Alcázar, pág. 5 de mi edición de sus Poesías (Madrid, 1910):
«Pusome en el alma el clavo,
su dulce nombre y la S,
porque ninguno pudiese
saber de quién soy esclavo.»
Lope de Vega, en la jorn. III de los Trabajos de Jacob:
«RUBÉN. Señor, todos queremos, pues es justo,
quedar por tus esclavos:
eses imprima y clavos
en todos nuestros rostros hierro adusto....»
Y, figuradamente, se dijo echar a uno una ese y un clavo en la acepción de tenerle cautivada con beneficios su voluntad. Así en La Pícara Justina: «Por cierto, señora, en lo que toca al ofrecerme el empréstito, usted me ha echado una ese y un clavo, y una argolla, y un virote, y una cadena, y unos grillos....»