[463] Refiérese a la huerta del Alamillo, que estaba próxima a las Cuevas y, como este monasterio, a la orilla derecha del Guadalquivir. Eran famosos los sábalos del Alamillo, y Lope de Vega, en la jorn. I de Los Vargas de Castilla, los recordó por boca de Millán:

«Adiós, Sevilla soberbio...,
pan de Gandul de mi vida,
roscas de Utrera del cielo,
alcaparrón como el puño,
aceitunas como el cuerpo,
sábalos del Alamillo....»

[464] Así la edición príncipe; pero quizá es errata, por los Zúñigas.

[465] De Medina Sidonia, quiere decir.

[466] Cuando estos elogios salieron a luz, el duque don Gaspar Alonso de Guzmán el Bueno había dejado de merecerlos de todo en todo, por un hecho harto deplorable: por la traidora confabulación para separar a Portugal y Andalucía de la obediencia de Felipe IV. Véase resumida esta negra historia en mi libro intitulado Pedro Espinosa (Madrid, 1906), págs. 313 y siguientes.

[467] A don Francisco Zapata, conde de Barajas, se debió, en efecto, el saneamiento de aquella parte de la ciudad que se llamaba la Laguna, convertida por él en deleitosa alameda, hermoseada con tres copiosas fuentes, que en 1587, cuando Morgado publicó su Historia de Sevilla, regaban todo el año «los mil y setecientos árboles que, entre alisos, alamos blancos, naranjos, cipreses y árboles de parayso, fueron en esta Laguna plantados....» A la entrada de la nueva Alameda, sobre grandes pedestales, se colocaron dos esbeltas columnas, gruesas de catorce palmos en redondo y altas de cuatro estados, y encima de ellas, respectivamente, las estatuas de Hércules, fundador de la ciudad, y Julio César, que la cercó de murallas. Toda esta obra se acabó el año de 1574, y ha de reconocerse que salió mal su cuenta al Conde de Barajas, pues queriendo que la hermosa Alameda sirviese para honesto solaz y esparcimiento de Sevilla, no lo vió conseguido; antes cargó sobre ella, especialmente en las noches de la primavera y el verano, tal turba de mujeres perdidas y de mancebillos boquirrubios y hombres pícaros y arrufianados, que cuatro años despues, en 1578, Vicente Espinel, que vivió muy desbaratadamente una temporada en la ciudad del Betis, comenzó así la Sátira contra las damas de Sevilla:

«Invicto César, Hércules famoso,
espeio y luz de valerosos pechos,
patrones deste suelo venturoso,
ya que permite el hado que estéis hechos
de la Alameda vigilantes guardas,
injusto premio a tan gallardos pechos....»

Y dijo después:

«Vuelva Zapata y su jardín reforme;
que pues le hizo al culto de Diana,
no es bien que en putería se transforme.»

[468] Disignio, dicho un poco a la italiana; y aun enteramente en italiano (disegno) lo escribió tal cual vez el sevillano Juan de la Cueva: