Este y otros fastidiosos preliminares del tañer y el cantar resumió Quiñones de Benavente en su Entremés de los Mariones:

«MARÍA. Músico, desabrigue la guitarra
y haciéndola sonar como chicharra,
sin templar, sin toser, sin escombrarse,
ni aguardar a la súplica o al ruego,
cante un romance, y pagaréle luego.»

[552] Se refiere a don Antonio Hurtado de Mendoza, excelente autor dramático y lírico.

[553] González de León, en su citada Noticia histórica..., página 472, dice de la Almenilla: «La puerta inmediata de la Almenilla, por una que tenía encima. También se llamó de Vib-arragel, por el nombre de la plaza que tiene junto. Pero por extensión se nombró la Almenilla a esta plaza, en la cual—dice el mismo autor—«está el sitio que llaman el Blanquillo, que es un pedazo de la muralla que da sobre el río, muy ancho, al cual se sube por dos cómodas escaleras de piedra, y su suelo está ladrillado y muy cómodo, por lo que en otro tiempo había en él muchas funciones y bailes en las noches de verano.»

[554] El real monasterio de San Clemente, de Sevilla, en la collación de San Lorenzo, siempre se tuvo, como dice Morgado (pág. 435), «por el más antiguo y primero que de Monjas en ella fué fundado después de ganada de poder de los Moros...», y su compás, «llamado (por ser suyo) de San Clemente, que tiene poco menos de trezientos vezínos, posseen y an posseído continuamente sus Monjas, con verdadero título y real donación».

[555] El señor Bonilla leyó del Tejo, como la edición príncipe; pero rectificó al pie de la página: «Por Tajo.» Y yo, releyendo el pasaje de Vélez y viendo asociado a lo del Tejo (que me traía a la memoria aquellos versos del preclaro poeta Camoens:

«Vejo o puro, suave e brando Tejo,
Com as concavas barcas, que nadando
Vão pondo em doce effeito seu desejo...,»)

lo de la estranjera voz de aquel Seraphin o Seraphina, me di a sospechar si en San Clemente habría habido, por el tiempo en que Vélez escribía su novela, o poco antes, alguna monja portuguesa, tan famosa por su buena voz como aquella otra monja de Santa Paula, también en Sevilla, de que habló Cervantes en La Española inglesa. Y esto pensado, acudí una vez más, como en otros casos, á la bondadosa voluntad de mi antiguo amigo y compañero de aulas don José María de Valdenebro, rogándole que hiciera en San Clemente la deseada investigación. Hecha está, y véase cuán acertada ha salido mi conjetura. En 30 de octubre de 1630, el doctor Alonso Jofre de Loaysa, visitador de monjas de aquella ciudad, estando a la reja del comulgatorio del convento de San Clemente el Real, exploró a doña Mariana, a doña Ana María Serafina y doña Isabel Bravo, de diez y nueve, diez y siete y quince años respectivamente, hijas de González Gómez Bravo y de Leonor Rodríguez, vecinos de Lisboa, antes de darles el hábito de novicias del dicho convento. Y dado en el mismo día, las tres hermanas profesaron en 16 de abril de 1632. La que nos interesa firmó en el acta de la profesión Ana Sarafina. Esta monja era, pues, el serafín, o Serafina, que había sido primero dulcísimo ruiseñor del Tejo. Y conviene añadir que al practicarse tal búsqueda, con el inmejorable resultado que acabamos de ver, las monjas de San Clemente, enteradas del objeto de ella, han manifestado que por referencia venida de unas en otras saben que hubo en su convento una cantora tan admirable, «que se llenaba la iglesia por oírla, y a más, el compás, cundiendo por toda la ciudad sus elogios».

[556] Hipérbole, femenino hoy, fué masculino en otras calendas. Tirso de Molina, en sus Cigarrales de Toledo: «Buscando estoy comparaciones para las mexillas de quien ellas son el hypérbole, y no las hallo....»

[557] Carcajadas de risa, pleonasmo aun muy usado por el vulgo, especialmente en Andalucía. También lo tiene Espinel en sus Relaciones de la vida del escudero Marcos de Obregón.