«ROSARDA. ¿Conocías a Camilo?

DINARDO. Iglesia.

ROSARDA. (Pluguiera a Dios
que nos viésemos los dos
a su puerta.) ¡Lindo estilo
de delincuentes! El día
que al campo salió contigo,
¿no llevabas otro amigo?

DINARDO. Iglesia.

BERNARDO. Verdad sería.»

[581] Como nota el señor Bonilla, el Conde, ahora, y la Condesa cinco líneas después, que así se lee en la edición príncipe, son manifiestas erratas, por el Marqués y la Marquesa.

[582] Nuevo juramento aristocrático, como atrás el del Duque.

[583] Dar culebra—dice el Diccionario de autoridades—«es dar algún chasco pesado, que suele ser con golpes».

[584] Eran y son las famosísimas Gradas, según a fines del siglo XVI las describió Mateo Alemán (Guzmán de Alfarache, parte I, libro I, cap. II), «un andén o paseo hecho a la redonda della [de la Iglesia Mayor o Catedral] por la parte de afuera, tan alto como a los pechos, considerado desde lo llano de la calle, todo cercado de gruesos mármoles y fuertes cadenas». Durante el siglo XVI y casi todo el siguiente—advertí en mi edición crítica de Rinconete y Cortadillo, pág. 383—«las Gradas fueron el sitio más concurrido de Sevilla: tienda donde se vendía y se compraba de todo lo que no eran cosas de comer; almoneda de cuanto la muerte y la pobreza hacían salir de las casas; mentidero de toda la ciudad; lugar en que los ciegos rezaban o mascullaban sus oraciones; punto de cita para todo sevillano, y plaza de curiosidad para todo forastero.»

[585] Hoy no sería de buen pasar decirlo así: diríamos don Cleofás y su camarada.