[586] La calle de Bayona—dice González de León, Noticia histórica del origen de los nombres de las calles de Sevilla, pág. 204—«es otra de las calles que tomaron el nombre después de la conquista, de la nación o provincia que pasó a habitarlas.... No es muy ancha; sus casas son cómodas y grandes, y pasa, tomando una vuelta, de las Gradas de Poniente de la catedral, pasada la callejuela de la Mosca, a la puerta del Arenal». En esta calle tuvo su casa de posadas el ex farandulero y notable amigo de Cervantes Tomás Gutiérrez, de quien hemos sacado a luz curiosas noticias mi querido amigo don Adolfo Rodríguez Jurado y yo en diversos trabajos cervantinos. Recientemente han mudado el nombre de esta calle, llamándola de Federico Sánchez Bedoya.

[587] La antigua calle de la Pajería, también nombrada en otro tiempo del Mesón de los Caballeros, se llama desde años ha de Zaragoza, en conmemoración del bizarrísimo comportamiento de los zaragozanos durante nuestra gloriosa guerra de la Independencia.

[588] Era grande agravio cortar la cara a una mujer, porque esto, sobre menoscabar su hermosura, hacía pública para siempre la afrenta, por ir indeleblemente marcada en el sitio más visible; pero a las malas mujeres se las solía amenazar además con cortarles las piernas, dando a entender con ello que por su torpe oficio las tenían poco menos a la vista que el rostro.

[589] Así lo dijo Andrés de Claramonte, en la jorn. III de De lo vivo a lo pintado:

«LISBELLA. Cuando yo no os conocía,
viles y bárbaros celos,
como engañáis, como cielos,
por deidades os tenía;
mas después que he conocido
vuestros rigores eternos,
veo que sois los infiernos,
en que padece el sentido.»

[590] Otro día, en equivalencia de al día siguiente, como en muchos lugares del Quijote (II, 331, 4; III, 30, 15; IV, 91, 6; VI, 26, 1, etc.).

[591] La calle de la Morería, que va desde la de San Pedro a la plaza de los Descalzos, perteneció al barrio que se llamó del Adarvejo y habitaron los moros hasta que en 1503 se les expulsó por mandado de los Reyes Católicos.

[592] Refiriéndose Vélez a los antojos o anteojos con que el Cojuelo y don Cleofás concurrieron a la academia anterior, juega de aquel vocablo en sus dos acepciones.

[593] Con el dixi, en efecto, del cual nos queda el he dicho de hoy, solían terminarse las oraciones académicas. En el Quijote (II, 36), Trifaldín el de la Barba Blanca no acaba el discurso que hace en casa de los Duques sin el Dije de rúbrica.

[594] Claro es que se refiere a Orfeo y a su mujer Eurídice. Quizá Vélez le llamó el Músico de Tracia recordando aquellos versos de Lope, en La Gatomaquia, silva I: