«...Y con estas demencias y furores,
en una de fregar cayó caldera
(trasposición se llama esta figura)
de agua acabada de quitar del fuego....»

Pero en todo nuestro parnaso no se hallará una burla tan donosa contra el hipérbaton gongorino como aquel soneto que el mismo Lope insertó en el acto I de El Capellán de la Virgen. Dice así:

«Inés, tus bellos ya me matan ojos
y al alma roban pensamientos mía,
desde aquel triste que te vieron día
con tan crueles por tu causa enojos.

Tus cabellos, prisiones de amor, rojos
con tal me hacen vivir melancolía,
que tu fiera en mis lágrimas porfía
dará de mis la cuenta a Dios despojos.

Creyendo que de mi no amor se acuerde,
temerario levántase deseo
de ver a quien me por desdenes pierde.

Que es venturoso si se admite empleo
esperanza de amor me dice verde,
viendo que te desde tan lejos veo.»

Este soneto está, además, con leves variantes, en una colección de Poesías manuscritas (letra del siglo XVII), procedente de la librería de Usoz y que hoy para en la Biblioteca Nacional, Mss. 3795-97, tomo I, fol. 103.

[603] Sembrados de sal, quiere decir, como se acostumbraba hacer con el solar de las casas de algunos traidores, después de derribarlas, a fin de que ni hierbas produjese aquel terreno.

[604] Lo dice en latín, por donaire: guttur = garganta.

[605] Bien se echa de ver que Vélez, al decir todo esto del fénix, tenía en memoria el romance de Quevedo: uno de los cuatro referentes a otros tantos animales fabulosos (la phénix, el pelícano, el basilisco y el unicornio). Lo de «hija y heredera de sí propia» y lo de que «en ninguna región nadie ha encontrado su aduar» son reminiscencias de estos versos de aquel romance: