«... ojos de rastro y estafa,
jiferitos y corchetes,
que son rufianes azules
de la Heria y pendón verde.»
[630] Hoy lo diríamos sin posponer la oración causal: «que, como había tanto que jugaba las armas, era, sobre alentada, muy diestra....» En los siglos XVI y XVII fué muy frecuente esa posposición, cosa que demostré con diversos ejemplos en mis notas al Quijote (VII, 41, 2).
[631] Que jugaba las armas, frase satírica, de cuya intención y alcance sabrá darse cuenta el lector.
[632] El diaquilón era—dice el Diccionario de autoridades—«emplasto compuesto de varios zumos viscosos de hierbas, que usa la Cirujía para ablandar tumores».
[633] Morgado, en su Historia de Sevilla, pág. 174: «... y assi mismo [pueden contarse por excelencia de la ciudad] los muchos barqueros que biven de solo passar gente de vna a otra vanda en el Passaje de Sevilla a Triana, aun con estar a pocos pasos por cima la puente....»
[634] El Altozano de Triana no era calle, sino una plaza a la salida del puente de barcas. Mal-lara, Recebimiento..., fol. 48: «... la Puente está armada sobre barcos grandes, es de gruessos maderos y tablas, que viene a parar al Altoçano de Triana, junto al Castillo adonde está el Sancto officio de la Inquisición....» Vélez, al decir «la calle del Altozano, calle Mayor de aquel ilustre arrabal», comparándola con la calle Mayor de Madrid, se refirió, sin duda, a la que en 1839, cuando González de León publicó su Noticia histórica del origen de los nombres de las calles de ... Sevilla, se llamaba calle Larga, y de la cual dijo: «No tiene la ciudad una calle en su longitud, anchura y rectitud que pueda igualarse con esta. Llega desde el altosano al puerto de camaroneros, que es casi la mitad de la estensión de toda Triana.»
[635] Nombraban el Arenal a una grande explanada que había entre la ciudad y el río, y en la cual se labró después todo el que hoy llaman barrio de la Carretería. Lope de Vega tiene una comedia intitulada El Arenal de Sevilla, porque una buena parte de su acción sucede en este sitio, concurridísimo antaño de gente de todas las naciones del mundo, y por eso mismo, de la flor de la picaresca andaluza.
[636] Más comúnmente se dice de los tesoros de los duendes lo de convertirse en carbón; así Cervantes, en el Quijote (II, 67): «... y los tesoros de los caballeros andantes son, como los de los duendes, aparentes y falsos....» Y Tirso de Molina, en el acto II de Cautela contra cautela:
«CHIRIMÍA. Lo que da mujer es viento:
tesoros de duende son.
¡No se nos vuelva carbón!
¡Abre la caja con tiento!»
[637] Alude a la conseja según la cual en medio del infierno hay una encina de cuyas ramas se hace todo el carbón que allí se consume, sin que se amengüe jamás en este menester la leña de aquel gigantesco árbol.