[56] A los que fueren entonces, es decir, a los días del mes que fueren entonces, cuando el libro salga a luz.
[57] Don Juan Vélez de Guevara nació en Madrid y fué bautizado en la iglesia parroquial de San Andrés, a 9 de febrero de 1611. Publicó su partida bautismal mi inolvidable amigo don Felipe Pérez y González, en su excelente libro intitulado El Diablo Cojuelo: notas y comentarios (Madrid, 1903), página 193.
[58] De llamar los hechiceros hora menguada a la que ya estaba acabándose, por suponer que el resto de ella era ocasionado a malos sucesos, se pasó a dar ese nombre al «tiempo fatal o desgraciado en que se sucede un daño o no se logra lo que se desea». Y Vélez llama a la de las once de la noche hora menguada para las calles, porque en ella, al tiempo en que supone la acción de su relato, se vertían, por las puertas de las casas, las aguas inmundas. Así se mandó y pregonó en la coronada villa a 23 de septiembre de 1639, por acuerdo de los alcaldes de casa y corte (Archivo Histórico Nacional, Libros de gobierno de la Sala de Alcaldes, fol. 221 del dicho año): «... que ninguna persona bacie por las ventanas y canelones agua ni ynmundicias ni otras cosas, sino por las puertas de las calles; en berano las puedan baciar a las once dadas de la noche, y en ybierno dadas las diez della, pena de quatro años de destierro y veinte ducados a los amos que lo consintieren, y de zien azotes y seis años de destierro a los criados y criadas que lo hecharen, y de pagar los daños que hicieren....» Por esta hora del «¡agua va!» Ruiz de Alarcón hizo decir a Hernando, de noche y en la calle, en el acto III de Los Favores del mundo:
«¡Poh! ¡Mal hubiesen los gatos
que dan algalia a estos botes!
Ya empiezan las cosas malas
de entre las once y las doce.»
[59] Con esto de boqueaba coches se quiere decir que daba las boqueadas el pasear por el Prado, del cual salían ya los pocos coches que quedaban en él.
[60] Porque el agua del Manzanares no cubría las desnudeces de los que se bañaban en él, dijo Celia en La Dorotea, de Lope de Vega, acto II, escena II: «... ¿cómo puedes negar la culpa que tiene [el río] en que, siendo los veranos tan humilde, se deja entrar de mil géneros de hombres y mujeres, hecho un valle de Josafat?»
[61] Con los donaires que se han escrito a costa del ruin caudal del Manzanares se podrían llenar muchas páginas. Véanse siquiera dos muestras. Tirso de Molina, en un romance que insertó en sus Cigarrales de Toledo:
«Según arenas criáis
y estáis ya caduco y viejo,
moriréis de mal de orina,
como no os remedie el cielo.
Como Alcalá y Salamanca,
tenéis, y no sois colegio,
vacaciones en verano
y curso sólo en invierno.»
Y Castillo Solórzano, Tiempo de Regozijo, y Carnestolendas de Madrid (Madrid, Luis Sánchez, 1627), fol. 114 vuelto:
«...Este, pues, charco ambulante,
olla de tantos mondongos,
pelador de pies de puerco,
si no de panças de tomo,
reseruó entre dos alisos,
tres álamos y dos pobos,
para retirados baños,
cierto cristal, aunque poco.»