[193] Llama píldora al mundo, por lo esférico.
[194] Llaman cruzado, según el léxico de la Academia, a la «mudanza que hacen los que bailan, formando una cruz y volviendo a ocupar el lugar que antes tenían».
[195] Ocasionales o no, ocurren aquí dos versos octosílabos aconsonantados:
«... haciendo un cruzado al son
de su misma confusión.»
[196] Llama a los coches ballenas, recordando la de Jonás, porque tragan y vomitan personas.
[197] ¡Qué exacta alusión a las cien mil falsedades, engañifas y cumplo-y-mientos propios del trato cortesano!
[198] Haciéndose cocos a ellos mismos, o a sí mismos, que diríamos hoy, esto es, gustando de sí propios y recreándose en sus ademanes y miraduras, como unos Narcisos. Hacer cocos se dijo de cocar, que significa agradar, captar la benevolencia.
[199] El señor Bonilla sospecha que de riñón sea errata, por de piñón. No hay tal cosa: la boquita que llamaban de piñón era naturalmente pequeña, como aquella a que se refiere el Romancero general, fol. 253:
«Vna boca, chica era;
que con vn piñón se mide,
segura de que haya otra
que assi enamore y cautiue»;
pero el texto se refiere a una boca achicada artificiosamente. Quien ve el riñón de un corderillo, ve una boca de esas frunciditas y amaricadas. Para persuadirse de que no hay la errata que sospechó Bonilla basta parar la atención en que a esta calle de espejos que pinta Vélez nadie iba a verse como era, sino a estudiar gestos; uno de ellos, el fruncimiento de labios. Quevedo, en El Entremetido y la Dueña y el Soplón, mencionó una de estas bocas estudiadamente fruncidas: «Y al punto, muy esparrancado de ojos, decía: «No hay sino dejar correr; Dios lo remedie, que tal y cual, lo del camino carretero: sí por sí, no por no»; y al decir «ello dirá», ponía una boquita escarolada, como le dé Dios la salud.»