[253] Con esto de la jerigonza crítica alude Vélez al culteranismo; a la culta latiniparla, como llamó Quevedo al vocabulario que usaron Góngora y sus secuaces.

[254] Aristóteles decía que la belleza es una carta de favor, y doña Isabel la Católica, que «el hombre de buena cara lleva consigo carta de recomendación para cualquier cosa que emprendiere».

[255] Claro que estos brindis eran por las damas y los amigos de los que brindaban y no por los del Rey.

[256] Dije en mi conferencia acerca de El yantar de Alonso Quijano el Bueno (Madrid, 1916), pág. 32: «...Pero lo más usado era acabar de comer con aceitunas», de donde se dijo: llegué, o llegó a las aceitunas, para significar que se llegó tarde a algún convite o reunión. El acabar de comer con este postre se menciona con frecuencia en nuestros libros del buen tiempo: Don Antonio Hurtado de Mendoza, en el Entremés del Examinador micer Palomo:

«VALIENTE. Yo he tenido quinientos desafíos;
he hecho sobre el duelo dos comentos;
seiscientos antuviones he pegado
y he reñido cien veces en ayunas.

MR. PALOMO. ¿Qué fuera al fenecer las aceitunas...?»

Y por lo que hace al palillo, dije en la citada conferencia que «entre los abuelos de nuestros tatarabuelos era el palillo o mondadientes obligado postre último de toda comida; tanto, que entre gente hidalga el comer podía faltar, y aun faltaba, en efecto, muchas veces; pero el palillo no».

[257] En el Quijote (II, 44), apenas se hubo partido Sancho para su ínsula, «cuando don Quijote sintió su soledad», y de esta soledad dije en las notas de mi edición crítica de la inmortal novela de Cervantes lo que, aunque ésta peque por harto extensa, voy a transcribir: «Sintió, no la soledad en que le había dejado Sancho, como entendió malamente Unamuno, sino la soledad de él; la soledad con que lo había dejado; que aquí soledad no significa «falta de compañía», sino «pesar que se siente por la ausencia de una persona, y deseo de volverla a ver». Esta soledad es, ni más ni menos, la saudade portuguesa que en todo tiempo han pretendido imponernos los que ignoraban que acá la teníamos castellana, tan rancia, a lo menos, como la de nuestros vecinos. Véanse algunos ejemplos:

»De sentir soledad de una persona o cosa, como en el lugar que anoto. Rivadeneyra, Flos sanctorum, en la Ascensión del Señor.... «Los apóstoles también sentían la huerfanidad de tal padre, la soledad de tal maestro, de tal pastor y de tal capitán, especialmente viéndose entre tantos y tan crueles enemigos.» Lope de Vega, en el acto I de El Animal de Hungría:

«TEODOSIA. Rezien casada, y venida
a Ungría de Ingalaterra,
sentí soledad notable
de mi tierra en tierra agena.»