II
Escogen para la siembra, lo mismo que hicieron para roturar el terreno, una fecha que no sea señalada como aciaga, porque de estarlo supónese que la semilla será destruída por los gusanos que ese día, según los campesinos, se hallan en movimiento.
Los días de la siembra se presenta a los toros adornadas las espaldas de enjalmas que contienen monedas antiguas de plata y pequeños espejos, y de frenteras vistosas. En el yugo que une la pareja de aradores, ponen dos banderitas en los extremos y una en el centro. Mientras abren surcos en el terreno arde un montón de boñiga seca, para que con su humo ahuyente los espíritus malos.
Al dar comienzo a la faena claman a sus huacas para que proteja la sementera y aleje la sequía y heladas; vierten chicha en el surco humeante, recién abierto y después arrojan en él, coca mascada. Las jóvenes suelen entonar sus cantares o jayllitas, diciéndolas unas y respondiendo otras, al seguir al labrador que conduce la yunta, derramando a la vez en el surco abono y semilla. Si ese momento cruza por el aire un cóndor o una águila, prorrumpen los concurrentes en un grito de alegría y presagian que la cosecha será buena.
Todo el tiempo de la siembra no dejan de invocar a sus huacas, para que les mande abundantes y sazonados frutos y que las lluvias no escaseen, ni hayan heladas. Los blancos suelen recitar oraciones a los santos con igual objeto.
Terminada la siembra, si la parte labrada es de maíz, colocan en el centro una piedra larga, que se asemeja a una mazorca y que es la Mama Sara, encargada de impedir la presencia de la Mekala y dar una copiosa cosecha; si es de papas u otras raíces, ponen otra piedra empinada con el nombre de kompa, que tiene la misma misión y la de evitar ladrones. El agricultor rara vez o casi nunca se olvida ejecutar tales ceremonias.[20]
Durante el tiempo en que germinan los frutos, el indio vive inquieto y temeroso de que sobrevenga algún mal temporal. En las mañanas contempla la forma en que se posan las nubes en los picos de la cordillera andina; si tienen la de un sombrero, augura que caerá una granizada en la tarde, como en efecto sucede. En las noches se halla examinando el cielo y cuando se convence de que habrán heladas y se suspenderán las lluvias, tal vez cuando más necesiten sus sementeras, se apodera de él un profundo abatimiento. Apela, cuanto antes, a las brujerías: si el mal tiempo es causado por las heladas, adora las estrellas, prende fogatas en las alturas, lleva las plantas averiadas al templo y hace celebrar misas, a la vez, que no cesa de implorar a la Pacha Mama y a sus huacas; si lo motiva, la sequía, rinde fervoroso culto a las lagunas, ríos y represas de agua. Va a las balsas que se forman en las cumbres de los montes, las adora y después trae el agua de allí para rociar alguna parte de sus sembrados, suponiendo que con este acto volverán las lluvias.
En esos días, en que las heladas y el calor abrasan sus sementeras, matan los gérmenes y sepultan en frío sueño, tal vez definitivo las semillas, su atribulado espíritu se entrega por completo a la dirección de los brujos, y cuando éstos, no alcanzan a remediar el mal, duda de que procedan con sinceridad y les atribuye connivencias con sus enemigos; haber sido sobornado por éstos, y en trance tan difícil y desesperado como él se encuentra termina por ejecutar, por su cuenta, actos de hechicería. Toda la comarca se presenta entonces como habitada por una población de alucinados, en espera de algo maravilloso que deba suceder, y en la tensión de ánimo que domina a sus moradores, lo más insignificante que ocurre, les parece señales favorables de sus divinidades o augurios fatales, que empeorarán su aflictiva situación.
En aquellos días viven los desgraciados indígenas, tristes, en constantes sobresaltos, sin apartar la vista de sus sembrados, derramando lágrimas sobre la tierra que ayer humedecieron con su sudor, y que hoy, a medida que aumentan los calores van covirtiéndose en desolados campos. Los yatiris, laykas y thaliris son consultados a menudo, no cesando éstos a su vez de investigar el porvenir, en la coca y en el vientre de los animales que con ese objeto matan, los cuales sean perros, corderos, cuys, o gallinas, deben ser siempre de color negro. Cogen a los sapos y los exponen en rocas áridas, o los encierran en ollas para que viéndose en esa dura situación clamen al cielo por agua; revuelven los hormigueros y obligan a cuanto animal vive bajo de la tierra a que salga fuera. También acostumbran hacer que los niños completamente desnudos suban a los cerros y alturas, llevando velas encendidas y cruces, gritando en coro: Misericordia Señor... Agua por amor de Dios...