Si el mal tiempo persiste y pierden las esperanzas de recoger sus cosechas, los más cierran las puertas de sus casas y tapiandolas con adobes, emigran a las ciudades en busca de trabajo y alimentos; si, por el contrario, mejora el tiempo, la alegría es general: las jóvenes cubren sus sombreros con las primeras flores y entonan cantos; los indios jóvenes tocar, sus kenas y pinquillos, mientras los viejos rodean y agasajan respetuosos al brujo, que ha acertado para que, según ellos, se produzca aquel cambio feliz.
Por lo común mantienen la idea, desde el principio de la cosecha, de que cuando caen aguaceros a principios del mes de agosto, el año agrícola será lluvioso y abundante en productos; cuando no, que será seco y escaso. Además, bajo el nombre de cabañuelas, acostumbran calcular los agricultores la mayor o menor humedad de los meses posteriores a agosto, levantado indistintamente una piedra del campo, durante los primeros siete días de este mes. Si la piedra levantada el primer día tiene humedad, dicen que en septiembre lloverá, si no, que será seco. Al siguiente día que corresponde a octubre hacen el mismo pronóstico, continuando en los días restantes, adjudicados a los meses sucesivos, en igual forma.
Los eclipses son siempre considerados por los indios como presagios de grandes calamidades que, sin duda alguna, tienen que sobrevenir, más o menos tarde sobre el país. Por esta creencia, tan arraigada en ellos, un eclipse los apena tanto, que para conjurar el peligro que les amenaza, ocurren a la intervención de sus hechiceros. El momento en que se realiza el eclipse, sacan al patio platos y utensilios de plata, llenos de agua, levantan el grito al cielo, cual si alguien los maltratara; castigan a los muchachos y a los perros, para que con sus chillidos y ladridos espanten el espíritu malo que trata de devorar a la luna y privarles de ese benéfico astro de la noche. Suponen los indios que sin ese bullicio estrepitoso, la luna no despertaría de su letargo y sería víctima cómoda de aquél.
Las mujeres dan a luz mellizos, cuando el año será estéril y, para conjurar el mal, suelen matar, en secreto una de las criaturas, o enterrarla viva. Este es uno de los pocos casos en que el indio se desprende de un niño, sea su hijo o ageno. En esta raza son muy raras las acusaciones de filicidio, porque las mujeres se muestran incapaces de dar muerte a un hijo suyo, sea que éste provenga de un comercio ilícito o de legítima unión. La razón es obvia: los hijos no constituyen desventaja, en ninguna forma, en las casas indígenas, por las múltiples ocupaciones pastoriles y agrícolas que los hacen necesarios. A los cuatro o cinco años el hijo es, por lo general, el pastor del pequeño rebaño que provee a la familia de la carne para vender o sustentarse, de la lana que ha de servir para su vestido y de la leche para formar quesos. Desde la adolescencia, hasta que llega a la mayoridad, ayuda a sus padres o a los que lo criaron, en la labranza del campo. Un miembro más que sobreviene en la familia indígena, no es una carga para ésta, sino una esperanza de alivio.
No permiten que las mujeres preñadas o que están menstruando pasen por las sementeras, porque temen que al ejecutarlo, absorvan con sus órganos genitales predispuestos para la fecundación o ya fecundados, la virtud productiva de la tierra y que, a causa de ello, resulten escasos y débiles los frutos que se recojan en la cosecha próxima.
Cuando caen rayos, hay que hacer una cruz en el suelo y poner en el centro un huevo para que cesen aquellos.
Para que la granizada se suspenda, se deben aprisionar los granizos y maltratarlos, y cesa la tempestad.
Soplando el humo del incienso a la tempestad, se suspende ésta.
Las polillas corretean en las paredes agitando sus alas para que llueva.
El agua corriente se entibia, para que llueva.