La alegría de los puercos anuncia lluvia.

Los sapos se retiran del río, cuando está próxima a estallar la tempestad, temiendo que la avenida que entre los arrastre lejos.

III

Los días en que se efectúan las cosechas son de fiesta y alegría para los agricultores. Concurren al lugar, llevando consigo chicha y coca. Al principio de la faena piden a la Pacha-Mama que la cosecha sea buena y abundante. Derraman algunas gotas de aguardiente y tiran algunos pedazos de coca mascada y dan comienzo a su labor. En el escarbe de papas y otros tubérculos, acostumbran formar sobre el mismo campo, pequeños hornos, construídos provisionalmente con terrones y cuando se encuentran caldeados, introducen en su interior papas escogidas y, después de acondicionarlas con moldes de queso o trozos de carne, derrumban el horno encima de esos objetos, para que se cuezan dentro de él.

Después de un rato, más o menos largo, según sea el cálculo que se haga para el conocimiento de aquellas especies, se las extrae y en seguida colocándolas sobre manteles o lienzos extendidos en el suelo, se sientan de cuclillas o se recuestan, en rueda, en su rededor y comienzan a servirse de los productos cocidos, los cuales han sido antes rociados con la sangre de los corderos que degollaron con ese objeto, reinando entre los asistentes la mayor alegría. En cuatro puntos opuestos de la rueda, se sitúan indios que tocan flautas que llevan poritos en la extremidades inferiores y a las que se llama pululus. Tal ceremonia se realiza con el fin de no ahuyentar el alma de los frutos, que debe continuar vivificando ese terreno para que al año próximo, se manifieste más pródigo en sus dones.

Terminada la merienda, arrastran a los dueños sobre cueros por encima del terreno escarbado y concluído el acto, dan vueltas bailando, y, en cierto momento, se paran cuatro de los más caracterizados, con la vista fija al oriente e imprecan la protección del sol. Pasada esta ceremonia, sigue la danza en rueda de los dueños de la cosecha y de sus invitados; beben abundante chicha y licores, retirándose en la noche a sus hogares, completamente embriagados.

En el imperio incaico los labradores tenían una danza especial denominada jaylli. La realizaban llevando hombres y mujeres instrumentos de labranza: «los hombres con sus Tactllas, que son sus arados»—dice el P. Cobo—«y las mujeres con sus Atunas, que son unos instrumentos de palo a manera de azada de carpintero, con que quebrantan los terrenos y allanan la tierra».[21]

En la cosecha de cebada, trigo o de quinua, extienden los cereales en el mismo terreno del que han sido cortados o arrancados y cuando se encuentran secos, la cebada debe servir de alimento a los animales, si la recogen en los depósitos, y si está destinada a dar grano, lo mismo que la quinua, la desgranan a golpes de palo, para lo que se colocan en filas paralelas los indios necesarios, armados de largos palos, ligeramente encorbados, los cuales caen sobre las parvas guiados por la diestra mano de sus tenedores, quienes descargan los golpes con regularidad, produciendo un sonido seco y acompasado. El trigo se siega con la hoz y se trilla en la era, echando las gavillas bajo las patas de los caballos trilladores. La selección del grano se obtiene lanzando al aire paletadas de la mies desgranada, la que con el viento que hace, al caer en el suelo queda separada del polvo y partículas de tallos y hojas machacadas con las pisadas.

En las haciendas acostumbran cosechar el maíz, apartando las mazorcas de la caña y desnudándolas de sus envolturas y recogidas en una manta, que llevan amarrada al pescuezo por dos de sus extremos.