Al niño que se amartela, hay que sacarlo de la casa, llevando consigo excremento de llama o cordero y algunas piedrecitas, y conducirlo a la vera de un río y obligar al paciente a que tire al agua una a una las piedrecitas y excrementos y la corriente se llevará la dolencia lejos.

El niño que corretea llevando las manos atrás, está destinado a morir, porque prepara sus alas para volar al cielo.

El que se frota mucho la nariz, manifiesta que adolece de gusanera.

El párvulo que nace muerto debe ser arrojado al río o quemado, para que su alma no vaya al limbo a sufrir.

La que hace lactar una niña, se niega a dar su pecho a un varón, porque supone que esto causará la muerte de aquella.

En ciertos casos, atribuyen la enfermedad del niño a un espíritu maligno, llamado Larilari[27] que ha logrado apoderarse de su cuerpo, y para ahuyentarlo y hacer que sane, queman kkoa con añil en la habitación del enfermo, suponiendo que con el fuerte humo que debe producirse abandonará a su víctima. Dicen que el Larilari se hace visible en forma de un gato de pelaje colorado, que trepa a los árboles y de allí silba a los incautos, y los atrae. Apenas los ve próximos al árbol, baja rápido, y al escapar va a rozarse precisamente con ellos, inoculándoles el momento de pasar una enfermedad, cuyos síntomas son: ojos inyectados en sangre; cuerpo amorotado y decaimiento completo del organismo.

Las equímosis y manchas de sangre que resultan en el cadáver del niño, ya sea a causa de haberse producido una congestión pulmonar, o por otro motivo explicable, le culpan al larilari, quien aprovechando del descuido de la madre o de las encargadas de atender al enfermo, dicen, que maltrató y azotó su cuerpecito, hasta ocasionarle la muerte, según lo manifiestan esas señales.

El niño que duerme con los ojos abiertos morirá en temprana edad.

El que no se halla bautizado, se encuentra propenso a que le caiga el rayo.