La criatura moribunda sufre mucho y su agonía se dilata, mientras la madre está presente o la tiene en su regazo. Para morir tranquila y pronto, necesita no ver a su madre.
También el niño tiene una larga agonía, cuando espía las faltas de sus padres. Muere apacible si no las tienen y recibe oportunamente la bendición de su padrino.
Cuando dos niños que son parientes o pertenecen a personas amigas, que viven en una misma casa, mueren simultáneamente, dicen que se han puesto de acuerdo para marcharse juntos al otro mundo.
Los ojos del cadáver de un párvulo, permanecen abiertos, cuando debe seguirle su hermano o algún niño de su edad, en quien fijó la vista el momento de espirar.
La mortaja no debe ser adquirida ni puesta al pequeño cadáver por la misma madre, sino por la madrina o terceras personas. A quien infrinje esta costumbre le sucederá algo malo.
Los retazos que sobran de la mortaja de un párvulo, deben encerrarse en su ataud o enterrarse en su sepultura, porque, cuando algún pedazo queda en la casa, atrae desgracias.
Personas extrañas acostumbran añadir a la mortaja como adorno, una cinta o cordón, con objeto de que el alma del pequeñuelo que se convierte en ángel, les arroje desde lo alto un extremo de aquel cordón, para asirse de él y subir al cielo, cuando ellas mueran y llegue la ocasión de querer ascender allí.
Las especies sucias pertenecientes al finado, no deben lavarse mientras esté presente el cadáver, sino después de los tres días de su entierro, a fin de que su alma no pene, por la suciedad que ha dejado, y se presente con frecuencia a sus padres, en sueños.
Cuando muere un niño no debe llorarse porque se obstaculiza la rápida subida de su alma al cielo. El llanto de la madre conmueve al mismo Dios, quien ordena al alma de la criatura vuelva al mundo a consolarla y a secar sus lágrimas. En ese sentido, en vez de ascender al cielo baja y vaga en la tierra, clamando porque su madre tenga hijos que ocupen su lugar y la consuelen. Por eso la madre que llora mucho por un hijo muerto, tiene a la larga una numerosa prole.
Al niño que sana de una enfermedad no debe cortársele las uñas inmediatamente después de su convalescencia, porque vuelve el mal.