«A poca distancia del sendero que seguían las cabalgaduras, había un grupo de gente (indios), que vociferaban y accionaban ruidosamente. En medio de todos una mujer cubierta de harapos, escuálida y repugnante, se retorcía y gemía dolorosamente. Atraídos por la curiosidad, y con impulsos de turismo, nos acercamos al grupo, con ciertas precauciones de defensa. La mujer protestaba, en medio de estridentes alaridos, que le habían quitado su hija y la habían embrujado por una venganza.

«El indio que en el grupo parecía tener mayor autoridad, era un hechicero de la región, y había sido traído para curar y desembrujar a la histérica [que no era otra cosa en mi opinión].

«Mientras seguía el tumulto y los preparativos de la ceremonia, el arriero nos dijo: «El brujo es el médico de los indios y le llaman jampiri (curandero). Esta bolsa que tiene a la espalda está llena de hojas, flores secas, raíces machacadas, polvos y mil cosas, minerales y vegetales que son los remedios que administra. También tiene grasa de animales, pedazos de cuero, huesos de conejo y ratón etc. etc.

«En este momento empezó la operación de desembrujar. Los indígenas formaron un gran círculo, dejando en medio a la posesa y al brujo, que se arrodilló junto a ella y empezó a proferir palabras ininteligibles, haciendo pases semejantes a los que ejecutan los hipnotizadores. La mujer abría y cerraba los ojos precipitadamente, crispando las manos y dejando escapar leves aullidos. Los espectadores conservaban un silencio religioso.

«Después de un momento pasado así, el brujo sirvió medio calabacín de aguardiente y, derramando un poco en el suelo, mientras continuaba su misteriosa guturación, hizo asperges sobre el rostro de la mujer y obligola a beber, bebiendo él también. Entonces todos los espectadores lanzaron gritos extraños, y los hombres con los sombreros alones y las mujeres con un extremo del vestido se cubrieron el rostro. El brujo, en eso, sacó un poco de hojas de coca y las esparció sobre la paciente embrujada, que permanecía quieta y callada, luego tomó una gran calabaza llena de chicha y virtió el líquido en direcciones distintas, extrajo de su bolsa un par de muñequillos de hueso amarrolos fuertemente uno con otro, ocultándolos en el seno de la mujer. En seguida púsose en pie, y dejando a un lado sombrero y bolsa, cinturón y sandalias [hojotas] batió con fuerza el poncho sobre la posesa, aventando las hojas de coca, que volaron en distintas direcciones. Por tres veces repitió el brujo esta operación, que según la referencia del arriero era la expulsión de los "malos genios" que se habían apoderado de esa mujer.

«Pasado esto, todos inclusive el brujo, se retiraron silenciosos, comentando la habilidad y maestría del jampiri.

«Estos brujos, continúa, son muy inteligentes como médicos, conocen todas las plantas y curan de cualquiera enfermedad. Llevan en la lliglla, oculta bajo el poncho, gran cantidad de remedios, como grasa de serpiente, pelo de gato, huesos molidos, pedazos de madera, carne seca, yeso, mollejas de gallina y tierras de todos colores; y con eso hacen mil operaciones entre estos indios de Chichas y Lipez; pero más al Norte ya no se les encuentra con ese cargamento, sino con yerbal completo, y ahí curan de otra manera; ya parecen médicos de ciudad y no hablan de brujería, porque los matarían, como pasó ahora muchos años en el Río Chico, que a una bruja la chancaron sin perdón.»[44]

V

Entre los pocos métodos curativos indígenas que aún quedan y que están en boga, distínguese aquel que la medicina europea inicia recién con el nombre de kienesiterapia y que es conocida por los indios con la denominación de thalantaña o chuyma kakoña, el cual consiste en sacudir suavemente de los brazos al enfermo, mover con cuidado su cuerpo a uno y otro lado, ceñirle el pecho con una faja, logrando así calmar las agitaciones nerviosas del corazón por medio de la acción refleja del masaje. Esta operación la emplean comúnmente en las personas que se enferman a consecuencia de golpes o caídas y en todas las dislocaciones viscerales.

En los casos de fiebres y calenturas, comienza el curandero por frotar el cuerpo del paciente, con millu o sea sulfato de alúmina en costra, con preferencia por los sobacos y pecho; después le ponen el millu cerca a la boca para que el enfermo sople con todo su aliento, por tres veces consecutivas, a fin de que el remedio que se lleva el mal de la superficie arranque también el del interior. En seguida le pasa por el cuerpo con un lienzo empapado en orina caliente, y antes de que se entibie ella, arroja en el líquido el millu, el que produce espuma, y según ésta se presenta, interpreta las causas que motivaron la enfermedad y sobre si esta es grave o leve. Terminados los pronósticos envuelve con trapos la vasija que contiene la orina y el millu, empleados en la curación y la lleva a la carrera hasta un lugar apartado, que debe estar desierto y allí en el silencio de la noche, se oye la débil voz del curandero, que ruega a la enfermedad para que se retire lejos, reconviniéndole por su venida y preguntándole el nombre de la persona que la ha llamado y atraído, y cuando cree haber descubierto al autor del mal, y obtenido la promesa de que se irá, torna corriendo, sin volver la vista atrás, a la casa del paciente. Esta manera de medicinar llamada milluchaña, suele efectuarse con algunos variantes, denominándose entonces trucaka: ambos métodos los tienen por muy eficaces.