También suelen pasar por el cuerpo de los enfermos, yerbas, maíz, cuys y junto con la ropa que le sacan, hacer un atado, llevarlo al camino próximo y abandonarlo allí, para que el mal siga su terrible y lúgubre viaje, empujado por el viento o conducido por los incautos viajeros que se apropian del atado. A este procedimiento llaman pichaka.

Cuando se presenta una epidemia, los indios de la circunscripción afligida por ella, tratan de hacer que el mal los abandone por medio de la práctica llamada llumpaka, que quiere decir purificar, porque suponen que con este procedimiento supersticioso, la enfermedad se marchará y quedará la comarca libre de sus perniciosos efectos. Reunidos el yatiri y sus ayudantes en casa de un enfermo o persona que ha fallecido y después de los acullicos (masticación de la coca) y libaciones, llevadas a efecto, en medio de invocaciones a sus divinidades y súplicas a la enfermedad, friccionan el cuerpo del enfermo con fetos de oveja o chancho y algunas medicinas caseras. Luego envuelven todo esto en taris nuevos o sean pequeños lienzos en forma de servilletas, agregando a los atados caítos y lanas de colores, coca y otros objetos semejantes en los que incluyen la ropa del enfermo, varias prendas nuevas, algunos comestibles, como carne de cordero, panes, tostado, pastillas, confites, huevos dorados con pan de oro y plata, colocándolos por orden de colores y en filas apiñadas. Acompañan también a los bultos dinero, particularmente monedas antiguas, que ponen en parte visible pendientes de hilos y junto a banderillas de colores vistosos y de botellitas de licor o bolsitas. El cargamento acondicionado y distribuido en varios bultos, constituye el equipaje de la enfermedad, a la que no cesan de rogarle que se vaya, y a fin de que se retire contenta, van conduciendo todo aquello hasta el lindero próximo, donde descargan y le imploran que no vuelva más, invocando la intervención del Huasa-Mallcu, para que la obligue a irse. Sobre la carga ponen un rótulo en aymara, respecto a la dirección que debe seguir. Los mandones de la comarca vecina están obligados a hacer pasar el cargamento, con iguales formalidades hasta el lindero opuesto, para que siga su viaje y pare donde le plazca hacerlo, so pena de ser castigado, por la epidemia, si así no lo hacen. Vuelven los conductores corriendo después de descargar el cargamento y de implorar por última vez a la epidemia, que no aflija más a la estancia y se contente con las víctimas que ha causado, y al siguiente día, hacen una fiesta suponiendo que la epidemia se ha ausentado para siempre.

Otras veces, un miembro de la familia, o el brujo, recoge las cosas del finado o sólo las prendas de vestir con las que ha enfermado y las coloca amontonadas sobre el camino, cubiertas de un lienzo colorado o azul, en cuyas cuatro extremidades ponen banderitas de papel vistosas o lanas de color, y debajo un conejo muerto. Generalmente el conejo es dedicado al enemigo, y por ese medio suponen enviarle el mal. Esta llumpaka individual no tiene la resonancia de la anterior, ni se realiza con las solemnidades y aparatos empleados en aquella, pero suponen que sus efectos son los mismos, aunque en escala reducida.

Las tercianas y cuartanas, cuando se presentan, imaginan que toman siempre la forma de mujeres escuálidas, reducidas a piel y huesos, con las rústicas cabelleras desgreñadas, de colores lívidos transparentes, que andan chapoteando en los charcos de los lugares cálidos y en las riberas de los ríos, que corren en los valles profundos y ardientes, donde causando espanto a las personas ante quienes se hacen visibles, desaparecen introduciéndose en los cuerpos de estas durante la emoción del susto. Creen curar la dolencia dando al paciente una fuerte sorpresa que le causa tal efecto de terror, que aquella abandona su organismo con el miedo. No faltan personas que acostumbran insultar a la enfermedad, para que esta molestada con el mal trato se vaya fuera, avergonzada y resentida.

De las demás fiebres tienen iguales opiniones. De las pulmonías y tisis, dicen que son seres flacos, largos, helados y de voracidad insaciable, que viven chupando la sangre de sus víctimas, royéndoles su vitalidad, y a quienes tratan de arrojarlos por parecidos procedimientos. La idea de que las enfermedades se deben en parte a la introducción de cuerpos extraños y vivos en el organismo, está muy generalizada entre los naturales.

VI

Además los curanderos indígenas emplean con algún acierto el sistema denominado medicina simpática, que constituye algo así como una zooterapia indígena, consistente en la comunicación de ciertas propiedades orgánicas del reino animal, que parece que tienen analogías patológicas con el ser humano. Tal es la que aplican en los casos de fiebre tifoidea, abriendo las entrañas de una gallina de plumaje negro y colocándola sobre el vientre del enfermo, o introduciendo sus pies en la barriga de un perro recién muerto, o poniéndole sobre el estómago conejos negros, inmediatamente después de ser desollados, para que los cadáveres de la animales empleados en esa forma arranquen a la enfermedad, por lo que éstos quedan materialmente descompuestos y en putrefacción a los pocos momentos, lo que les hace suponer que el remedio ha absorvido en su tegumento los gérmenes patógenos del enfermo. Análogas a este sistema son las curaciones por medio de lagartijas vivas o muertas, según los casos, ya sea empleándolas en parches para soldar fracturas, curar luxaciones, o comiéndolas crudas o remojadas en vino. La carne de este reptil posee mucha fuerza alimenticia y cuando se la usa con frecuencia fortifica notablemente el organismo.

La erisipela acostumbran curar, rosando una y otra vez, con la barriga de los sapos las placas erisipelatosas; con cuyo procedimiento, quedan contagiados estos batracios y mueren a las pocas horas y dejan, en cambio, sano al enfermo.

La atrepsia infantil, llamada por los indios y mestizos larpha, curan de varias maneras: pero lo más común es cubrir al enfermo con las hojas del arbusto llamado ñuñumaya (Solanum pacense), bien calentadas, casi quemantes y hacerlo sudar dentro copiosamente; o bien envolviéndolo en el interior de la panza de un toro recién degollado. Según los partidarios de este método, el secreto está en que después no se resfríe el medicinado. Otras veces hacen tomar al niño cocimiento de huesos de perro. No faltan curanderos que aconsejan como remedio eficaz, para esta dolencia, el bañar frecuentemente al enfermo con agua de la yerba rokke. La plebe atribuye, como ya dijimos, la larpha, al haber contemplado la madre, en estado de embarazo, un cadáver.

Para que sane de la ictericia hacen beber al niño enfermo agua de chuño.