Cuando una persona se enferma a consecuencia en un embrujamiento, debe buscarse el objeto de que le ha hecho el mal y encontrado él, pasarle por el cuerpo y botarlo empapado en aceite. Entonces se aliviará el enfermo y los efectos del hechizo se tornan contra su autor.
El aullido del perro preocupa tanto al indio, cuando lo oye a media noche, que se enferma si está sano y se empeora si está postrado en cama.
La mosca o el moscardón hacen mucho ruido en una habitación, sin querer salir de ella, cuando alguno de sus moradores tiene que enfermarse.
Los parches o vendas que se desprenden de las heridas y tumores, nunca deben arrojarse en parajes donde cae el sol, porque hacen que se calienten aquellos y se agrave el mal. Deben botarse siempre al agua, o mejor en un río para que su corriente se los lleve lejos incluso, la enfermedad.
El que señala en su rostro el sitio en que otro tiene sarna, se contagia de la enfermedad, haciendo que ésta se reproduzca en el mismo lugar.
Las dolencias morales tienen para los indios remedios tan eficaces como las físicas. Las pretenden curar contemplando la caída de un arroyo cristalino a cuyas aguas aconsejan confiar los motivos que las causan y con fe absoluta pedirlas que laven el corazón apenado.
Se vuelve a un individuo demente con sólo darle ochequeccheque, ingeriéndolo con alguna bebida o molido en algún líquido.
Curan el vicio alcohólico dando de beber al enviciado, aguardiente en el que se han remojado y diluído ratones tiernos, o bien introducen en una botella de aquel licor pescados vivos y la tienen bien tapada, hasta que por la acción alcohólica se deshagan y ese brevaje le sirven por copitas.
La cresta del gallo, inmediatamente después de ser recortada, recetan para hacer brotar los dientes a los niños que se han atrasado en la dentición, pasándoles por las encías, una y otra vez, y haciendo que penetre su sangre en las partes precisas.
En los casos de locura dan de comer al atacado, sesos de perro, o hacen hervir la cabeza de de este animal y le sirven en caldo.