Á la terminación del corredor de uno de los patios existe un jardín, en el cual suele llamar la atención del que visita por primera vez la casa un espeso muro, sobre el que alzan sus ramas ocho rosales, cuyas flores, que son muchas en primavera, embalsaman el aire puro que allí se respira.
Encuéntrase en el citado muro una pequeña lápida, y en ella puede leerse la siguiente inscripción:
«Ocho plantas de rosal con sus macetas, traídas á esta santa casa por el ilustre fundador, el venerable siervo de Dios D. Miguel de Mañara Vicentelo de Leca, Caballero de la orden de Calatrava, en 1674, conservadas en todo su vigor, y dando fruto todos los años en su propia fuerza, como resulta del reconocimiento judicial que en 1749 se hizo de ellos por los jueces del proceso informativo (folios 1292 á 1297) y permanecieron hasta el día en el mismo estado. Se colocaron en este lugar el año 1802.»
Estos ocho rosales tienen una agradable vista, y á pesar del tiempo trascurrido desde que se plantaron llaman actualmente la atención por su lozanía, más aún que la llamaban cuando se colocó á principios del siglo presente la lápida que acabamos de copiar.
Sevilla, que tantas y tantas tradiciones cuenta, no podía dejar de tener algunas sobre estos rosales, y no solamente tiene una, sino varias; pero nosotros nos limitaremos á relatar la más admitida, según hasta nuestros oidos ha llegado.
Cuéntase que, después de fundado el hospital de la Caridad, D. Miguel de Mañara, que acostumbraba á pasarse la mayor parte del día ejerciendo obras meritorias, cuidando del buen orden y gobierno de la casa y recogiendo limosnas para los enfermos, se entregaba varios ratos en su celda á profundas meditaciones y fervorosos rezos, así como á la lectura de libros piadosos que fortalecieran su espíritu y alejaran su imaginación de toda idea pecaminosa.
Á veces, sin embargo, acudían á la mente del caballero algunos recuerdos de sus años juveniles, cuando era su existencia nada pacífica ni sosegada, cuando seguía con empeño galantes aventuras, y cuando llevaba á efecto, en compañía de alegres camaradas, tantas empresas en las que ponía á prueba su valor, su travesura ó su agudo ingenio.
Entre los recuerdos del pasado borrascoso alzábanse en la mente de D. Miguel las figuras de varias mujeres á quienes había amado, y á las cuales, por haberle quizá correspondido en demasía, había hecho derramar muchas lágrimas.
Estas sombras que llegaban á turbar las meditaciones del entonces piadoso caballero acongojaron más de una vez su espíritu; y cierta noche en que vagaba por el jardín del hospital, sentóse en un banco, y habiéndole acometido profundo sueño, vió en él á ocho damas cuyos rostros guardaban perfecta semejanza con otras tantas que había galanteado, y las cuales traían en las manos ocho rosas, que regaban con el llanto que de sus ojos caía.
Se dice que en memoria de aquel sueño, y á manera de homenaje á las infelices amadas del caballero, plantó éste en el jardín los ocho rosales que aún se conservan, y los cuales cuidaba en vida don Miguel con solícito esmero, pues diariamente cortaba sus hojas, arreglaba sus ramas, poníalos al sol cuando lo habían de menester, y los regaba, sin que consintiera nunca que nadie, sinó él, llevase á cabo estas operaciones.