Después de muerto Mañara, la hermandad de la Caridad siguió cuidando aquellas flores á que tanto cariño tuvo el fundador; y cuentan también las tradiciones que en las noches de estío veíanse por el jardín ocho sombras vestidas con blancos trajes, sueltos los cabellos y con los rostros pálidos, que permanecían hasta el amanecer velando aquellos ocho rosales, cada uno de los cuales representaba á una de las amadas del caballero.
Como ya hemos dicho más arriba, á principios de siglo las macetas fueron trasladadas al lugar que hoy ocupan, y donde puede aún verlas el que por primera vez visite el hospital de la Caridad.
LVI
EL TORREÓN DEL DUENDE
«De vetustas raíces carcomidos, pálidos cual los restos de un osario que brotan de las piedras desunidas en las terrazas, donde nace á trechos el enebro lozano y espinoso...»
R. Blanco Asenjo.
No lejos de la puerta llamada de la Macarena, única que aún se conserva de las quince que tuvo Sevilla, hacia la mitad del trozo de muralla romana que existe al Levante, se alza un torreón acerca del cual corrían en boca del ignorante vulgo las más absurdas y fantásticas narraciones.
Era el torreón de elevada altura y de sólida construcción: en sus cuatro lienzos veíanse pequeñas ventanas con gruesos hierros; en lo alto se elevaban cuatro filas de almenas dentadas, y al pie crecían gigantescas ortigas, malvas silvestres y campanillas blancas, cuyas matas subían por el muro negruzco y toscamente labrado.
Esta mole de piedra, hoy casi destruída y olvidada, mirábanla con miedo todos los habitantes del barrio de la Macarena, y ninguno, por jaque y valentón que fuese, se atrevía á pasar de noche por el torreón, donde era ya sabido que el diablo Rascarrabias tenía su guarida.
El habitar allí el tal diablazo tenía también su razón, pues parece que dentro de aquellos muros falleció al poco tiempo de la reconquista un judío avaro y enemigo de Dios, el cual tomó tanta confianza con Lucifer mismo, que le pidió un delegado suyo para que le acompañase en los ratos de ocio, y el rey de los infiernos mandóle á Rascarrabias, que después de estar mucho tiempo con el judío, cuando murió éste, quedó en el torreón guardando su cadáver años y años.
Á mediados del siglo XVI parece que Rascarrabias se cansó de estar allí aburrido y sin hacer nada de provecho para su monarca, y huyó no se sabe adónde, sin que se tuvieran más noticias de su vida y milagros.