Pero cuando las gentes sencillas se felicitaban por la ausencia del endiablado vecino, apareció de pronto en el torreón el duende Narilargo, el cual todas las noches, al dar las doce en el reloj de la Catedral, salía á pasearse por la muralla envuelto en un amplio capuchón negro, llevando en la cabeza una corona que despedía siniestros fulgores, y lanzando al aire profundos y lastimeros ayes, que hacían estremecer á las viejas y á los muchachos.

Contábanse de Narilargo cosas estupendas y nunca oídas, y á él se le achacaban todas las desgracias que en el populoso barrio ocurrían, sin que fueran suficientes á atemorizarlo, ni los rezos, ni los votos, ni los exorcismos. El duende tomó cariño al torreón, y era imposible arrojarle de él; pues en cierta ocasión en que la ronda, acompañada de algunos frailes del próximo convento de la Trinidad, intentó escalar el muro y sorprenderle en su guarida, cayó sobre ella tal chaparrón de piedras y guijarros, que obligó á los ministros de la justicia á desistir de su atrevida empresa.

En las noches sombrías y tempestuosas del crudo invierno, entre el ruido monótono del aguacero y los silbidos del huracán furioso, salían del torreón músicas extrañas, gritos de dolor, cantos ininteligibles, y las estrechas ventanas se iluminaban con luces rojas que parecían enormes pupilas de fuego, y de ellas se escapaba espeso humo, que flotaba sobre aquellos lugares durante mucho tiempo.

Cerca de dos siglos vivió el duende en el torreón, sin que nadie le molestase, y desapareció un día como Rascarrabias, después de haber sido el terror de muchas gentes y de haber prestado grandes servicios á los contrabandistas, de quienes parece que Narilargo fué muy gran amigo.

Borróse poco á poco de la memoria de los macarenos el recuerdo de su antiguo huésped. La acción destructora del tiempo grieteó aquellos muros, rompió las almenas, hundió los sólidos techos, desfiguró las ventanas, y hoy día el antiquísimo torreón del duende se encuentra abandonado y derruído, sin que nadie de los que cerca de él pasan tenga conocimiento de quiénes fueron sus antiguos moradores.

Si, como está proyectado, se llevara á cabo algún día la restauración de las murallas romanas de la Macarena, la antigua residencia de Rascarrabias y Narilargo tomaría mejor aspecto, librándose de desaparecer por completo, como puede suceder al seguir en su actual estado de abandono.

LVII
UNA COFRADÍA

«Es tanto el mérito y perfección de la efigie de S. Juan Evangelista, que no puede describirse.»

J. Bermejo.

Las muchas cofradías que durante la Semana Santa hacen estación á la Catedral gozan de gran fama desde muy antiguo por el lujo de sus pasos, por la riqueza de sus insignias y por el mérito artístico de las esculturas que ostentan á la pública devoción. En nuestros días una de las hermandades que más llaman la atención de los viajeros que por esta época del año visitan á Sevilla es la del Cristo del Silencio y la Virgen de la Amargura, establecida en la parroquia de San Juan Bautista, y que sale en procesión la tarde del Domingo de Ramos.