Vivía en la capital de Andalucía, después de mediar el pasado siglo, una mujer extravagante y alucinada, hija del pueblo y no muy favorecida por la naturaleza en dotes físicas, la cual andaba siempre por las iglesias y conventos asediando á los párrocos y á los frailes, á quienes trataba de embaucar con los más absurdos cuentos y los más ridículas narraciones, pretendiendo hacerles creer que tenía un ángel que le aconsejaba todos sus actos, y que se le aparecían con frecuencia S. José, S. Agustín, S. Juan Nepomuceno y otros santos, que estaban de continuo instándole á cometer los actos más absurdos que es dado imaginar. Llamábase ésta María de los Dolores López, conocida por la Beata Dolores; y aunque se decía que había quedado ciega desde la edad de doce años, aseguraban muchos testigos haberla visto coser y bordar con primor, subir escaleras con las manos ocupadas, y dar minuciosas señas de algunas personas como si las hubiese tenido ante sus ojos.

Largos años estuvo esta mujer entregada á los más lamentables extravíos: hemos tenido ocasión de leer un extracto de su proceso, y renunciamos á describir las acusaciones que se le hacían, pues por ellas se saca la gran inmoralidad en que vivía y los repugnantes vicios á que de continuo se entregaba. Bástele á nuestros lectores saber que, según se dice en el extracto citado, María de los Dolores «corrompió á una beata, con quien tuvo entretenimientos poco honestos», sedujo á su confesor, con quien vivió más de doce años, á pesar de que él la rechazaba de continuo, aseguraba que tenía continuos éxtasis, y decía con la mayor frescura las más graves blasfemias y espantosas herejías.

Presa en las cárceles de la Inquisición estuvo largo tiempo, sin que pudiera sacarla de sus errores ninguno de los religiosos que de continuo la visitaban, entre los cuales se contó el célebre Fr. Diego de Cádiz, quien, no pudiendo conseguir de ella la menor frase de arrepentimiento, se despidió de los inquisidores diciendo «que trabajar con ella era gastar el tiempo en vano; que él no tenía corazón para ver tanta dureza y ceguedad, y que tan lejos estaba de poderla convertir, que podía temer que ella lo pervirtiese.»

Terminado el proceso por los señores del Santo Oficio, se la condenó á muerte por hereje formal, apóstata, iludente, ilusa, revocante, pertinaz, impenitente y fingidora, señalándose para el día 24 de Agosto de 1781 la ejecución de la sentencia.

Cuarenta y cinco años hacía que no se presenciaba en Sevilla un auto de fe, y al anuncio de éste se notó gran animación en la ciudad, viniendo á ella para presenciar el triste espectáculo multitud de gentes de los pueblos de los alrededores.

En las primeras horas del día 24 salió de las mazmorras la ciega, á quien montaron en un borriquillo, vistiéndola con su coroza de llamas y trajes talares.

En el castillo de Triana se formó la comitiva que había de acompañar á la reo en su último viaje, y que estaba compuesta del clero de Santa Ana, de los familiares de la Inquisición y de unos cuantos frailes que, con hachas encendidas, iban rezando en voz alta.

Hallábanse en la iglesia de San Pablo los individuos del Santo Oficio, muy graves y muy cejijuntos, sentados bajo un rico dosel, y con ellos estaban en lugares determinados el Asistente de la ciudad, el Alguacil Mayor, el Alcalde de las cárceles secretas, los Comisarios y muchos dependientes de la Inquisión, y padres de distintas órdenes.

Leído el voluminoso proceso, y la sentencia, por los secretarios, se entregó la reo á la justicia ordinaria, sacándola del templo, donde continuó la misa, y conduciéndola á la plaza de San Francisco, en cuyo punto, al oir que la pena que se le imponía era la de ser quemada viva, se arrojó al suelo presa de la mayor desesperación, dando terribles gritos y llorando del modo más amargo. Entonces los frailes, creyendo que se convertía, la volvieron á la cárcel, donde confesó y practicó cuantos actos religiosos pidieron de ella, siendo llevada por la tarde al Quemadero con toda la solemnidad que se acostumbraba en tales actos.

Dolores López murió á las cinco de la tarde á manos del verdugo, que la agarrotó, y su cadáver arrojóse á la hoguera que estaba preparada, y que consumió bien pronto su cuerpo extenuado y débil.