Cruzó la comitiva las calles de Triana, y, pasado el puente de barcas, siguió por las calles San Pablo, Ángel, Cerrajería, Sierpes, plaza de San Francisco, Génova y Gradas, penetrando en el Alcázar, donde se celebró el besamanos.
Tanto á Carlos IV como á su esposa les agradó mucho el aspecto de la ciudad, y aquella tarde salieron en carruaje á pasear por la orilla del río, donde Sus Majestades fueron objeto de las mayores pruebas de adhesión por parte de todos los que habían acudido al paseo.
Concurrieron el día siguiente los Monarcas á la Catedral con el Príncipe de Asturias, á quien sus padres colocaron cerca de la urna que guarda los restos de D. Fernando III; y allí, después de orar largo rato, y cumplido el voto, examinaron los Reyes y las personas que les acompañaban las capillas de la basílica, examinando las joyas que allí se conservan y los cuadros, esculturas y demás objetos del culto, que son la admiración de cuantos los conocen.
Durante los días siguientes se organizaron muchos y diversos festejos, cuya enumeración resultaría prolija si fuésemos á relatarlos utilizando los detalles que tenemos á la vista, y que bien pueden dar materiales para un curioso y largo trabajo.
En el teatro hubo funciones de gala, en la plaza de toros corridas por mañana y tarde, bailes de etiqueta en la Lonja, juegos de artificio en el prado de San Sebastián, y la Universidad Literaria dispuso una mascarada lucidísima, y compuesta de gran número de personas, que visitó el palacio, presentándose también ante el Cabildo Catedral y el Ayuntamiento.
El Rey, siguiendo sus aficiones, asistió á varias cacerías en Gerena y Santiponce, solazándose también con la pesca en San Juan de Aznalfarache y visitando en los días 24, 25 y 26 de Febrero el monasterio de la Cartuja, la Fundición de Cañones y la Maestranza de Artillería.
Para el día 27 se dispuso la marcha de la real familia, como así se verificó, con toda la pompa y solemnidad del caso, haciendo el pueblo de Sevilla á los Monarcas una despedida tan cariñosa como lo fué el recibimiento.
Complacidísimo debió quedar el débil Carlos IV de su viaje á nuestra población; y cuenta Matute en sus Anales que el bueno del Rey decía en la mesa muchas tardes antes de despedirse.
—¡Oh! ¡quién pudiera quedarse aquí siempre!
En el rico Archivo Municipal de Sevilla existen gran número de papeles relativos á aquel viaje regio, del cual también conocemos dos relaciones impresas por demás curiosas.