Bruna era natural de Granada, donde había nacido en 1719; desde muy joven se dedicó al estudio de leyes, y, merced á causas que no se saben con certeza, pudo alcanzar la omnímoda influencia que ejercía en toda la provincia de Sevilla.
La figura del grave Oidor era popularísima en la capital de Andalucía; pero las clases inferiores no lo miraban con buenos ojos, y en más de una ocasión sostuvieron con él rudos pugilatos para humillar la soberbia que tenía.
Por los años en que el bandido Diego Corriente era el terror de los campos de Sevilla, púsose por indicación del Regente á precio su cabeza en diez mil reales, que serían entregados á la persona que presentase al ladrón vivo ó muerto.
Corriente tuvo la osadía de visitar una noche á Bruna en su despacho, y encontrándole solo, le amenazó con dos pistolas si no le daba los dos mil escudos. Amedrentado el Regente, se apresuró á soltar el dinero; y cuando, repuesto de su asombro, reclamó auxilio, ya el bandido había logrado escaparse y se encontraba á gran distancia.
Este mismo famoso ladrón encontró cierta tarde en el campo á Bruna, que venía solo en un coche, de regreso de una hacienda de su propiedad; acercóse á él, y con las más corteses razones le invitó á que le abrochase varios botones de los borceguíes que entonces se gastaban, para humillarlo: no hubo más remedio que obedecer la petición de Diego Corriente; pero desde aquel día Bruna juró que capturaría al bandido, gastando considerables sumas en pagar espías y gentes que lo batieran, pudiendo al fin verse libre de aquel enemigo. Se dice que Corriente fué indultado por el Rey de la pena capital: pero sabedor de ello Bruna, mandó al camino un hombre de confianza que entretuviera con cualquier pretexto al correo que traía el indulto, el cual llegó á Sevilla la noche del 30 de Mayo de 1781, algunas horas después que el bandido había dejado de existir.
Cuando la fiebre amarilla de 1800, ocurrió á Bruna un suceso que prueba su altivo carácter, y que por ser escasamente conocido vamos á relatarlo.
«Habíanse dado algunos casos en un pueblo inmediato á Sevilla, y establecióse aquí el cordón sanitario, el cual detuvo á Bruna, que quería entrar en la ciudad sin ir antes al lazareto como todos iban. Con este motivo—dice el autor de quien tomamos la noticia—trabóse una polémica entre Bruna y la Junta de Sanidad, triunfando ésta y obligando á cumplir las leyes al viejo Oidor, que, mal de su agrado, y con no poca contrariedad, permaneció algunos días en el lazareto.» El pueblo, que conocía demasiado la soberbia y el orgullo de Bruna, cuando supo el caso cantó para mortificarle coplas alusivas, una de las cuales decía:
«El Señor del Gran Poder
se ha vuelto de la Humildad;
este milagro lo ha hecho
la Junta de Sanidad.»
D. Francisco de Bruna y Ahumada falleció en la mañana del 27 de Abril de 1807, víctima de una pulmonía, celebrándose con gran pompa sus exequias en la parroquia del Sagrario, á la que asistieron cuantas personas importantes había en Sevilla.
En el salón de sesiones de la Academia de Bellas Artes se conserva hoy un excelente retrato de Bruna, y para perpetuar su nombre se dió éste á la antigua calle de Papeleros.